Democracia costosa

Democracia costosa

Febrero 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La democracia tiene sus costos. En un sistema autoritario cuando el dictador toma una decisión basta el respaldo de unos cuantos generales, de unos pocos oligarcas o de una enorme simpatía popular para su ejecución en la práctica. No importa a quién afecten o beneficien las decisiones, si tienen el respaldo de los sectores poderosos su materialización es casi inmediata. Un engranaje débil del sistema es poca la resistencia que puede ofrecer.Por el contrario, en la democracia los engranajes más débiles del sistema sí tienen como imponer restricciones a los engranajes más fuertes. De eso se trata la democracia, de evitar que las mayorías y los poderosos abusen de las minorías y de los débiles.La existencia de los cuerpos legislativos tiene precisamente como propósito la disponibilidad de un mecanismo institucional que obligue a quienes gobiernan a considerar las demandas y los intereses de los más diversos sectores sociales. Si un gobernante quiere ejecutar una decisión tendrá de algún modo que compensar a quienes se vean afectados y tendrá de paso que realizar concesiones a las demás fuerzas políticas que hicieron posible su ejecución.La democracia no solo son votaciones. Es también la negociación permanente y abierta de las decisiones de gobierno de modo que muchos sectores tengan oportunidad de participar en la distribución de los recursos y de las prerrogativas que el Estado dispone. Políticos con un poder insignificante se convierten en elementos valiosos para aprobar una decisión que les es irrelevante. A cambio obtienen unos beneficios que no estarían disponibles de otra forma para ellos y para los sectores que los eligen.El caso de Yidis Medina y Teodolindo Avendaño es sintomático de este tipo de transacción en la democracia. Ambos políticos irrelevantes, sin poder más allá de sus comunidades inmediatas, de un momento a otro se convirtieron en la pieza clave para definir un asunto de mayor importancia, ni más ni menos que la reelección presidencial. De no ser por la democracia nunca les hubieran llovido ni notarías ni contratos.Por supuesto esta propiedad de la democracia implica el riesgo que la extracción de rentas de la toma de decisiones de gobierno se convierta per se en el único propósito de la clase política. Las elecciones a los cuerpos legislativos se convierten entonces en una competencia feroz entre políticos profesionales por el derecho de chantajear al ejecutivo.Si además el diseño institucional y las condiciones de la economía política incentivan el chantaje, como ocurre cuando hay dependencia de las regalías mineras, los costos de la democracia se pueden disparar. Lo que viene sucediendo en el sistema político colombiano desde la constitución de 1991. La concentración del crecimiento económico en unas pocas ciudades llevó a que la política como un mecanismo de acceso a rentas públicas fuera una de las principales fuentes de riqueza en los municipios que quedaban por fuera de las áreas de verdadero desarrollo.Ahora que la guerrilla parece tener una voluntad real de paz y que los paramilitares parecieran haber reducido sus aspiraciones de poder al puro asunto de la protección del narcotráfico, quedó claro que la violencia no era el principal riesgo de la democracia. Era solo uno de los tantos medios no institucionales para chantajear la toma de decisiones de gobierno.

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