Corrupción al extremo

Corrupción al extremo

Marzo 14, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

Se tiene la idea de que la corrupción en Colombia se concentra principalmente en municipios aislados y en regiones ricas en regalías petroleras donde no existe mayor control de la sociedad civil. Allí una clase política voraz puede robar a destajo y aliarse con mafias sin mayores problemas. También es un lugar común la idea que la corrupción está anidada en la Rama Legislativa. La gente cree que, salvo unos pocos congresistas elegidos por votos de opinión, el resto de ellos se hacen elegir mediante votos comprados y que lo único que los motiva son los negocios particulares que puedan hacer con el presupuesto público.Estos lugares comunes parecieran ser una buena descripción de la realidad. Sin embargo, el caso del magistrado Pretelt demostró que la situación es aún peor: la corrupción es un fenómeno generalizado en Colombia a extremos impensables incluso para una opinión pública que ya es bastante pesimista. En las altas posiciones del Estado central, en todas las ramas del poder, en todos los partidos e ideologías -desde el uribismo de Arias hasta el Polo de los Moreno, pasando por la mermelada de Santos- y entre aristócratas bogotanos, juristas y tecnócratas también abunda la corrupción.Atrás quedaron los tiempos en que el país confiaba en unas instancias de poder como las altas cortes que podían funcionar como los guardianes de la poca ética que quedaba en el ámbito de lo público. O en ciertos ministerios y agencias gubernamentales que eran manejadas por tecnócratas virtuosos, quienes garantizaban que la corrupción y la incompetencia de los funcionarios públicos no se tragaran el presupuesto del Estado.Ahora bien, el hecho que la corrupción se haya generalizado no quiere decir que sea igual en todas partes ni que sus efectos sean los mismos. En regiones atrasadas, por ejemplo, la corrupción es más visible porque el bocado de los políticos es más grande en relación al presupuesto disponible -hay tan poca plata que toca robársela toda-, y porque muchas veces las obras ni se hacen. Es así que el peor efecto de la corrupción en el nivel local es la agudización de la pobreza y el desperdicio de una oportunidad de aliviar las condiciones materiales de la población más vulnerable. El costo que el país debe pagar por tener operadores políticos tan corruptos es que no habrá manera que los ritmos del desarrollo se compadezcan con el tamaño de las inversiones hechas por el Estado.En el centro y entre aristócratas y tecnócratas no suelen ocurrir tales excesos. Se roba en proporciones racionales y se intenta que las obras se ejecuten. Pero al final el tamaño de la pérdida de recursos es superior porque disponen de presupuestos más cuantiosos. Y eso no es lo más grave. La corrupción en el nivel más alto del estado no es solo de dinero sino también de decisiones políticas que tienen efectos cruciales sobre la capacidad de las instituciones públicas, sobre todo en los demás niveles del estado. Cuando un presidente decide aceptar el respaldo de políticos corruptos para hacerse elegir o para sacar adelante su programa de gobierno está legitimando los vicios de todo el sistema.En otras palabras, ¿cómo no van a robar los alcaldes de pueblos miserables si saben que ministros y magistrados también roban y que dependen del respaldo de políticos como ellos para ocupar sus cargos y para poder gobernar el resto de instituciones estatales?

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