China

Abril 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

El auge de China ha puesto a todos los analistas a especular sobre el futuro del orden mundial. Su transformación en la primera potencia industrial y su senda de crecimiento que la proyecta como la primera economía del mundo no dejan dudas que el gigante despertó. Las fantasías no se circunscriben a asuntos económicos. China tiene el ejército más numeroso del mundo, es una potencia nuclear y su tecnología militar ya no es un reflejo de los armatostes de la Guerra Fría.Sin embargo, hay una serie de aspectos sutiles que señalan que todavía hay un trecho muy largo para ser potencia y que el camino está sujeto a potenciales crisis. El origen de los problemas yace en la misma estrategia de crecimiento económico tan exitosa de las últimas décadas. China tiene una combinación particular de Estado y sistema de producción. Es una dictadura comunista con una economía neoliberal. La mezcla pareciera un contrasentido, pero bien aplicada y en escalas gigantescas ofrece unas posibilidades de competitividad envidiables. La capacidad del Estado para reprimir cualquier descontento de los trabajadores es ideal para los inversionistas. De hecho, el origen del milagro estuvo en la capacidad de un Estado de ofrecer infraestructura, tecnología, garantías políticas y disciplina de su mano de obra a bajos precios salariales y tributarios. Fue así que no demoraron los capitales del mundo en convertir a China en el principal proveedor de bienes industriales.Una nueva elite surgió del proceso: funcionarios del partido y lobistas internacionales que aunque hacían bien la tarea se enriquecían a punta de decisiones ventajosas del Estado. El escándalo de los Nule, por ejemplo, no sería noticia en China. Allí se han fugado al extranjero miembros del partido con cerca de la mitad del PIB de Colombia. Y así como surgió una nueva elite de nuevos ricos surgió una nueva clase trabajadora. La demanda laboral en las industrias rompió el encierro del partido sobre muchas comunidades agrarias. Pero la represión sobre la población sigue siendo severa. Para muchos chinos es necesario solicitar una visa si desean visitar otras provincias como la rica Hong Kong. Si no es necesaria una visa existen otras trabas como la pérdida de la afiliación a la seguridad social. Es la estrategia que han encontrado las autoridades para evitar que la población se vuelque hacia las provincias más ricas.La amenaza de crisis no la originan solamente las presiones demográficas. Se vislumbra principalmente del sacrificio que hace su población. China produce autos, computadores, electrodomésticos y demás artefactos, pero la mayoría de sus trabajadores no alcanza a ganar lo suficiente para consumir ninguno de estos bienes. ¿Qué sentido tiene ser la principal potencia industrial si sus propios ciudadanos no pueden disfrutar de lo que producen a precios ínfimos para el resto del mundo? Este es el dilema que las elites chinas tendrán que resolver antes que el descontento de la población se traduzca en una crisis mayor. Tendrán que resolverlo además sin sacrificar los precios salariales que son la base de la competitividad del país.Las tensiones ya se aprecian en la actitud de los chinos que abandonan su país. Es curioso cómo mientras intelectuales y neohippies idealizan su cultura los chinos en occidente ansían convertirse en ciudadanos consumistas, con todos los vicios que la transformación encarna.

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