Cauca

Julio 21, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

La foto de los indígenas cargando a los soldados fuera de su territorio va a hacer historia en Colombia. Será una de las fotos que para bien y para mal hará parte de la memoria del gobierno de Santos. Para bien porque los sucesos no acabaron en una tragedia. Para mal porque simboliza la incapacidad del Presidente para resolver un asunto primordial como es la autoridad del Estado.En todo caso la situación no es sencilla en el Cauca. No parece claro cuáles son las alternativas para el Gobierno en el futuro inmediato. Cualquier decisión va a generar una gran resistencia entre los indígenas y entre el resto de la sociedad. La razón es que el problema en realidad no son los indígenas. Si fuera sólo por ellos no habría motivos para no hacer concesiones sobre la presencia del Ejército y la Policía en sus territorios.El problema es que el abandono de la autoridad significa una victoria crucial para la guerrilla. De hecho, el Gobierno insiste en copar las cabeceras urbanas del Cauca porque hoy por hoy es el principal teatro de operaciones del conflicto y porque estas guerras son un asunto más de vigilancia de la población civil que de choques entre ejércitos. Sin el control policivo de la población el área se coparía de milicianos que asegurarían la superioridad en el terreno de las Farc a pesar de su inferioridad militar.Más allá de la naturaleza de las relaciones entre indígenas y guerrilla está claro que los dos temas no pueden separarse. Si los indígenas ganan en su pulso por sacar el aparato de fuerza del Estado las Farc también ganan. Ellos no van a renunciar a las ventajas estratégicas que ofrece la zona por la presión de la Guardia Indígena. Para la guerrilla, Cauca representa un corredor estratégico para acumular rentas del narcotráfico, un santuario desde dónde lanzar golpes militares y una base social que por necesidad y por conveniencia terminará fortaleciendo su poder.Hasta ahora la población nativa del Cauca ha mantenido una relación tensa con las guerrillas. Son varios los textos que documentan las matanzas realizadas por las Farc y el descontento de los indígenas (ver por ejemplo Una vieja guerra en un nuevo contexto de Teófilo Vásquez). Pero todo puede cambiar. Parte de la población de la zona, en especial las nuevas generaciones, pueden optar por la guerrilla y el narcotráfico como un medio de obtención de estatus, de inserción en el mercado y, por qué no decirlo, de reclamar un poder político inédito en el contexto nacional. Dejar de ser siempre los agredidos de la historia es una opción bastante atractiva.Las Farc tienen cómo llenar estas expectativas. Tienen un ejército organizado y tienen la droga. Esperemos que su dogmatismo marxista les impida apreciar la oportunidad que tienen enfrente. A su vez, esperemos que Santos por fin aprenda a hacer política y encuentre alguna fórmula que persuada a los indígenas de permitir la vigilancia de su territorio por la Fuerza Pública. Esta fórmula debe estar basada en una premisa fundamental: en la confianza que la vigilancia del Estado será permanente y efectiva contra las retaliaciones de la guerrilla. Si los indígenas sienten que sólo son protegidos cuando la guerrilla es una amenaza para el Estado y no cuando es sólo una amenaza para ellos tienen toda la razón para pedir, o al menos para desear, que las autoridades se vayan de su territorio.

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