Carranza

Carranza

Abril 06, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En Colombia no es cierto que el crimen no pague. Aquí el crimen paga, y mucho, si sabe uno dedicarse solo a aquellas actividades ilegales que por su menor visibilidad y capacidad de corromper gobiernos pueden pasar impunes a lo largo de los años. Existe cualquier cantidad de políticos, narcotraficantes, estafadores y contratistas del Estado que desde hace décadas vienen acumulando riqueza sin que la Justicia haga mayor cosa.Pero si uno elige una carrera criminal basada en la competencia por el control violento de las principales rentas ilegales del país, es decir la de un verdadero mafioso, es casi imposible salir impune en el largo plazo. Tanta violencia y tanto desafío a los poderes legítimamente establecidos pone los reflectores sobre sus protagonistas. Por más sobornos que reciban las autoridades en algún momento la sociedad y las elites legales que ven amenazadas su posición obligan a que los mafiosos sean neutralizados, si no es que antes son asesinados por otros mafiosos en ascenso. Tal cual ocurrió con Escobar, el cartel de Cali, el cartel del Norte del Valle y los paramilitares.Por eso la muerte por causas naturales y en libertad de Víctor Carranza es la gran excepción en la biografía trágica de los capos colombianos. Sobre todo si se considera que no se trató de cualquier jefe mafioso. Carranza ha sido desde hace varias décadas uno de los actores de poder más importantes del país, no solo en el mundo de lo ilegal sino del poder en general. Cualquier historia del poder de finales del Siglo XX y principios del XXI estaría incompleta sin él.¿Cómo hizo Carranza para sobrevivir libre e ileso en medio de tantas guerras? ¿Por qué las elites nacionales nunca lo traicionaron y presionaron por su eliminación por las autoridades del estado? ¿Qué hizo de diferente a los demás mafiosos para no terminar enfrentado con los poderes de la legalidad? Una biografía rigurosa y bien documentada, sin sesgos ideológicos o prevenciones moralistas, que responda estas preguntas debería ser una tarea prioritaria para nuestros historiadores. Mientras tanto debemos conformarnos con intuiciones y especulaciones.Mi impresión es que el secreto de Carranza estuvo en que supo medir sus exigencias en las transacciones que realizó con las elites nacionales y en que aún en las situaciones más apremiantes de sus enfrentamientos con otros mafiosos nunca perdió la cabeza y traspasó los límites de lo tolerable para las autoridades. Era el mejor socio del establecimiento para dominar ciertas sociedades en que la explotación de rentas criminales hacía inviable el dominio de las instituciones estatales.Carranza supo además marcar distancias, al menos en su situación legal, con el narcotráfico a pesar de estar en medio y de beneficiarse del fenómeno. Si hubiera estado públicamente untado el hoy presidente Santos no se hubiera atrevido a llamar al fiscal Gómez Méndez a medianoche para preguntar por la suerte de Carranza la única vez que la Justicia lo detuvo. Es diciente que nada más ni nada menos que uno de los Santos de El Tiempo, de las entrañas de las elites políticas, económicas y sociales del país, tuviera que salir a explicar esa llamada a la opinión pública. Una deuda muy grande debió tener para tragarse su soberbia y exponerse a proteger a alguien que en sus orígenes no era más que un niño campesino de Guateque que debía trabajar en porquerizas.

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