Buenas señales

Noviembre 22, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

El secuestro del general Alzate es la materialización de uno de los riesgos inherentes al proceso de paz: la ocurrencia de un evento fortuito o de un error de algún mando o subalterno que obligue a los negociadores a levantarse de la mesa. Se trata de un episodio totalmente desconectado con las intenciones de las partes pero que ante la opinión y sus combatientes es impresentable, lo que los obliga a renunciar a su genuina voluntad por alcanzar un acuerdo.El problema ahora es cómo sortean las partes la eventualidad, de modo que no decepcionen a militantes y combatientes, y cómo se logra que el proceso como tal no pierda el respaldo de la sociedad. Es costosa la solución porque así sea exitosa es tiempo que se pierde en un evento que muy poco, de pronto nada, aporta a evacuar los puntos gruesos de la negociación. En ese sentido la reacción de las Farc ante la suspensión de los diálogos por el gobierno son muy buenas señales de su compromiso con el proceso. Quizá sea incluso una señal de que por fin son conscientes que no pueden seguir dilatando la decisión de dejar las armas y que los plazos apremian. Si no comienzan el proceso de entrega y desarme antes de comienzos del 2016 tendrán que correr el riesgo de hacerlo con el próximo presidente, sin saber quién pueda ser, ni si esté comprometido con el proceso.Las Farc tenían acostumbrada a la opinión a hacer uso de cualquier pretexto para apartarse de los puntos acordados en la agenda y utilizar el proceso como una vitrina política. En el fondo saben que en la contienda democrática normal muy probablemente nunca volverán a tener la atención como la tienen ahora que negocian, así por su incompetencia mediática desperdicien recurrentemente la oportunidad que tienen de mandar un mensaje que capture la atención y la simpatía de la población.Por eso sorprende que ante la circunstancia de verse ni más ni menos que con un general del ejército en sus manos hayan reaccionado tan poco beligerantes y dispuestas a salir rápido de él. Las Farc tenían buenos motivos para empecinarse en replantear el proceso y sacar provecho de la oportunidad brindada por el descuido del general.Por un lado podrían haber argumentado lo más obvio, que se trató de un acto de guerra ocurrido en Colombia y que, como se acordó en un principio, no tiene por qué afectar los diálogos en La Habana. Podrían haber argumentado que ellos han sufrido incontables bajas y en ningún momento han amenazado por esta razón con suspender el proceso. En consecuencia, podrían exigir cambios en las reglas del juego como, por ejemplo, acuerdos de cese al fuego para reducir los efectos colaterales del conflicto.Por otro lado podrían haber argumentado que la retención del general no es ningún secuestro sino un acto de captura de un prisionero de guerra, nada distinto a lo que sucede con los guerrilleros que el estado mantiene prisioneros en las cárceles del país. Su liberación han podido condicionarla a la entrega de prisioneros de la guerrilla, un tema que las Farc han reivindicado en numerosas ocasiones.Pero más allá de las típicas arengas contra el régimen y su retórica obsoleta, han optado esta vez por actuar distinto. No se han burlado de la condición del general como víctima ni han puesto trabas para la liberación. Pueden parecer avances superfluos, sin embargo es extraño ver a los jefes de las Farc renunciar a sus desplantes.

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