Antiuribismo

Agosto 18, 2017 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

Si una lección deja el escándalo de los exmagistrados de la Corte Suprema es que el país, por centrarse en contener a Uribe durante su gobierno, exculpó los excesos de las otras ramas del poder y dejó pasar conductas que, en otras circunstancias, hubieran sido intolerables. Sorprenderse hoy por los sobornos de los magistrados es una tontería. Eran algo tan sabido que hasta el propio Jorge Petrelt, magistrado de la Corte caído en desgracia por un escándalo de corrupción, lo había advertido. Dijo algo así como: “Si me caigo yo se caen todos porque son más corruptos que yo”.

Y no fue solamente con el tema de la Corte Suprema que una franja importante de la opinión comenzó a pasar por alto los abusos de la clase dirigente con tal que neutralizaran a Uribe. Muchos políticos que cometían actos similares a aquellos con que acusaban a Uribe no fueron denunciados con el mismo vigor únicamente porque se le oponían.

El mejor ejemplo es el presidente Santos. Cuando era el candidato de Uribe en 2010, el antiuribismo no le perdonaba su estrategia del ‘todo vale’. Recordaban que se había reunido con paramilitares y guerrilleros para tumbar a Ernesto Samper y que tenía unas relaciones muy difíciles de explicar con un personaje tan polémico como Víctor Carranza. Pero todo eso quedó en el olvido luego de que se distanciara de Uribe y siguiera una agenda más de centro encaminada a una negociación con las Farc.

No se trata de proponer que se relaje el control de los medios y de los analistas sobre Uribe. Todo lo contrario. Es necesario para la salud de la democracia que los medios centren su atención sobre sus comportamientos. Pero también es igual de necesaria la vigilancia de los medios y de la sociedad civil sobre la oposición política de Uribe, sin ningún tipo de exculpación.

De otro modo comportamientos que son costosos para el presupuesto público y para la democracia alcanzaran nuevos niveles. Lo de las Cortes y lo de Odebrecht es una muestra de cómo el antiuribismo, en su versión de medios y sociedad civil, al centrar la atención sobre Uribe y pasar por alto a sus contradictores terminan por facilitar la comisión de comportamientos indeseables. Y es que Uribe no es el único líder nacional que se rodea de políticos clientelistas, algunos de ellos con vínculos con grupos armados, y que utiliza la llamada mermelada para ganar respaldo electoral y en la agenda legislativa.

Quizá el antiuribismo debería centrarse en aquellos aspectos de Uribe que lo hacen diferente al resto de líderes políticos colombianos. Uribe utiliza un lenguaje demasiado pendenciero que profundiza a la polarización política del país. Cuando lanza acusaciones de manera genérica es injusto con ciertos sectores. En su momento, cuando acusó a unas ONG de ser intencionadamente funcionales a la guerrilla, se interpretó como una acusación que abarcaba de manera general a todas ellas. Así fuera cierto que había organizaciones que justificaban la guerrilla y que incluso interferían en procesos judiciales para favorecerla, era importante que precisara los casos en cuestión y no arrojara un manto de dudas sobre todas ellas.

Pero sobre todo, en lo que el antiuribismo debería centrarse es en la pretensión que tuvo Uribe de perpetuarse en el poder al implantar la reelección y al aspirar a un tercer período. Eso, salvo algunos populistas de la izquierda radical, sí lo hace diferente al resto de líderes colombianos.

Sigue en Twitter @gusduncan

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