Adán Quinto

Adán Quinto

Abril 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gustavo Duncan

En la literatura científica sobre los procesos de formación del Estado y de construcción de órdenes políticos y sociales es apenas normal encontrarse reiterativamente con la violencia. El uso de la fuerza bruta siempre está presente de algún modo, desde masacres hasta la explotación del trabajo de mujeres y niños.Por eso cuando se estudia estos procesos en la historia reciente de Colombia uno apenas se asombra con tanta brutalidad. ¿Qué más podía esperarse en un proceso de expansión del Estado y de los mercados basado en guerrillas, paramilitares, mafias y narcotráfico? Lo extraño sería lo contrario, que siguiera cauces pacíficos.Cuando los hechos son distantes al investigador social, por no conocer a las víctimas o por no tener un contacto con la realidad inmediata de tanta brutalidad, se asumen como datos desprovistos de emoción. Pero todo cambia cuando uno conoce la trama en boca de los protagonistas y luego la violencia hace presa de ellos.Hace alrededor de un mes realizaba entrevistas en Urabá como parte de una investigación sobre los orígenes del paramilitarismo para una fría publicación universitaria en Inglaterra. Una tarde en Turbo al lado del mar conocí a un grupo de afros víctimas del desplazamiento por las Farc. Se quejaban de cómo algunas ONG se habían inventado una historia muy distinta sobre cómo fue la guerra en sus territorios al oeste del río Atrato, en las selvas del Urabá chocoano.Contaban cómo un día cualquiera en los 80 la guerrilla llegó al pueblo y se impuso a la brava como nueva autoridad. Ahora una tropa guerrillera proveniente de las sabanas cordobesas les decía qué podían hacer y qué no. Eran el Estado en estos remotos poblados.Entre los afros estaba Adán Quinto, un líder de la población desplazada en Turbo. Se reía a la distancia de todos los abusos y la brutalidad de la dominación de las Farc. Por ejemplo, de cómo cuando eran adolescentes debían marchar en la plaza del pueblo y entonar himnos como: “Nueve, catorce, veintiuno, con la Juco no puede ninguno”. De cómo debían asentir y mostrar respeto cuando cualquier comandante se regaba en prosa contra la burguesía y el capitalismo porque si no eran sospechosos de apoyar al enemigo.El miércoles pasado estas anécdotas dejaron de ser graciosas, dejaron de ser datos sin emoción. A Adán Quinto lo asesinaron en Turbo. Quienes lo conocían dicen que tras el asesinato están las Farc y las ONG que él denunció en procesos judiciales relacionados con el desplazamiento en el Urabá chocoano.Pero no es la intención de esta columna señalar a un culpable en particular. Es solo un reconocimiento al sacrificio de Adán Quinto. Es un llamado para aliviar un tipo de desigualdad que ha campeado en la historia reciente de Colombia: la inequidad en el acceso a la democracia como sistema de gobierno.Mientras el mayor miedo para las clases altas es que se instaure en el poder un gobierno similar al de Chávez o al de los Castro, para cientos de miles de colombianos que habitan en poblados miserables ésta ha sido su forma de gobierno durante las últimas tres décadas. Peor aún, en el proceso de La Habana pareciera que otorgarle por decreto a las Farc el derecho a continuar gobernándolos es la mayor concesión política que el gobierno está dispuesto a asumir.Es infame pagar las cuentas con chequeras ajenas, sobre todo las chequeras de los más pobres como la de Adán Quinto.

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