Oasis

Oasis

Enero 24, 2018 - 11:30 p.m. Por: Gonzalo Gallo

Hace días conocí en Chocó a un excelente sacerdote, sencillo, humanitario, bondadoso, convencido de lo que hace; puro amor.

Como él hay cantidades, pero en un mundo que tiende a convertir en noticia sólo lo negativo, los seres de luz pasan desapercibidos.

Si un cura es pederasta, es el apocalipsis, llueven los juicios, todo se enloda y surge la injusta generalización: ¡Ahí están pintados los curas!

La gente no capta cuán ardua suele ser la vida de un sacerdote, ya que siempre está en la lengua de los urticantes chismosos.

Si canta o baila es un parrandero, si no, es una caspa; si se viste bien es rico, si mal es un tacaño. ¿Cuántos lo apoyan y entienden?

Si está con viejitas busca la herencia, con chicas es un don Juán; con jóvenes es gay; si solo, es un neurasténico, misógino o misántropo.

La Iglesia les facilitaría la vida a los padres si los dejara casar y les diera libertad para sus ceremonias que, por la rigidez, son rutinarias.

Agradezco el tiempo que fui curita, con mis dones y mis fallas. Tengo amigos sacerdotes y me duele saber que cargan kilos de soledad.

Aún hoy, a los 18 años de mi retiro, unos me quieren y me alaban, mientras otros me juzgan y me miran feo. Humanos somos.

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