Oasis

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Noviembre 28, 2017 - 11:30 p.m. Por: Gonzalo Gallo

Galileo Galilei es un claro ejemplo de los que aman la vida y no se jubilan ni se abandonan prematuramente.

Lo captas en esta nota enviada a un colega científico poco antes de morir, en enero de 1642:

“Tengo en mi mente una enorme y variada cantidad de tesis y preguntas, en parte bastante nuevas y en parte contrarias a aquellas que son comúnmente admitidas.

Con ellas podría escribir un libro más curioso que cualquiera de los otros que he escrito.

Pero mi estado, aparte de la ceguera que corona otras dolencias graves, y la decrepitud de mis 75 años, no me permiten dedicarme al estudio.

Por tanto pasaré lo que me quede de vida conformándome con el placer de los descubrimientos de otras mentes inquietas”.

La verdad es que en los dos meses que estuvo acostado antes de su muerte dictó al científico Torricelli varias ideas para un nuevo libro sobre matemáticas.

O sea que ni las persecuciones, ni estar preso por la Inquisición, ni la mala salud frenaron el intenso amor de Galileo a la ciencia y a la vida.

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