Síganme los buenos…

Síganme los buenos…

Septiembre 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

Desde la perspectiva infantil, el mundo está dividido en dos: bonitos y feos, buenos y malos, grandes y pequeños, gordos y flacos, jóvenes y ancianos. Para los niños no existe otra manera de clasificar lo que los rodea. Obedece a un pensamiento concreto, elemental, muy propio del desarrollo cognitivo de ese momento. A medida que se crece, surge la complejidad, llega la abstracción. Además del blanco y el negro, están los grises. Los matices le dan a la condición humana una mirada integral porque se crea la posibilidad de incluir facetas y sumar opciones.Por eso, cuando clasificamos el mundo en dos, buenos y malos, honestos y deshonestos, diablos y ángeles, jóvenes y ancianos, además de ser una posición infantil y concreta, se fomenta la exclusión. De un lado están los buenos, nosotros. En el otro lado, los demás, que no son como yo y entonces tienen que ubicarse en la única opción posible: el otro bando, ¿el de los malos? Marcar en forma tan tajante el límite es la manera más directa de crear niveles, clases, estratos. Y si algo ha caracterizado nuestra cultura de violencia en Colombia, ha sido precisamente la exclusión. Los que son como nosotros, son mis amigos. Los que se parecen a mí, están de mi lado, en ellos confío, con ellos trabajo y me asocio. Los que no son como yo, son los equivocados, son los que persigo, cuestiono, critico. La violencia colombiana es hija de la exclusión porque nos hemos caracterizado por creer que algunos son superiores a otros. Los blancos a los negros, los cristianos a los ateos, los heterosexuales a los homosexuales, los hombres a las mujeres, los jóvenes a los viejos. No hay situación que más golpee la autoestima personal o ciudadana, que sentirse que no se pertenece, que no soy como los demás, que no encajo, que estoy excluido. En el proceso de paz, por ejemplo, tendremos que aprender que nos debemos sentar a la mesa con todos: buenos y malos, guerrilleros y Ejército, honestos y deshonestos, campesinos e industriales, sindicalistas y patrones, comunistas y liberales. Es el proceso de madurez y crecimiento. Porque agazapado, escondido, detrás del deseo dividir, de la exclusión, está la soberbia (o su sombra, la inseguridad), ante la necesidad de “no parecerse”, de no contaminarse. Es una forma de generar distancia y protección para no encontrar que de pronto somos mucho más parecidos a aquello de lo que queremos diferenciarnos. La cultura machista se nutre de eso, de soberbia, de exclusiones, de superiores e inferiores. Yo soy mejor que ustedes, soy de mejor familia, soy bueno, tengo mejor educación, soy más inteligente, soy de raza superior, manejo la sexualidad ‘correcta’, pertenezco a la escala maravillosa, soy honesto, mientras que los otros “no me dan la talla”, no son como yo. Golpea muy fuerte la prepotencia de quien ‘marca’ la línea y señala de qué lado está. Golpea porque es una posición totalmente agresiva y excluyente. Nosotros los buenos, los jóvenes, los que sí sabemos… la paradoja es que un gobernante debe trabajar con y para los buenos y los malos, con y para los correctos y los incorrectos, con y para los jóvenes y para los viejos. Y no porque lo quiera, sino porque la sociedad en que vivimos es así. Hay que tratar de mejorar pero nunca, en ninguna parte del mundo, se vivirá en la sociedad perfecta. “Yo soy bueno, soy joven, por eso usted y yo somos diferentes”. ¿Quiénes están en el otro lado? Por eso si usted es tan bueno, si es tan creativo o si es tan joven y correcto, ojalá pudiese aprender que cualquier discriminación desde la diferencia es también una forma de agresión. Por crear expectativas políticas no puede polarizar el universo en que vivo, creyendo que hay categorías de seres humanos mejores y peores. Voy a ganar después de excluir ¿a cuántos? ‘Odiosa’ toda la publicidad de quienes se ufanan de ser diferentes, pisoteando a los que no están de su lado. Esta categoría de ‘perfectos’ habla más de narcisismo que de ideas.

VER COMENTARIOS
Columnistas