¿“Perra” una mujer?

¿“Perra” una mujer?

Junio 05, 2017 - 11:35 p.m. Por: Gloria H.

Pertenezco al grupo (¿grande, pequeño?) de los que no se resiste a Vicky Dávila. ¡No la soporto! Es especialmente chocante su soberbia, su prepotencia, compitiendo con Dios y juzgar, por ejemplo, quién merece perdón y quién no. Es insoportable su actitud cuando reclama (¿exige?) apoyo por la ofensa que ha recibido. “Me sorprende también que tantos se queden callados…”, dice en Twitter. ¿Por qué? ¿A quién le reclama porque no se está con ella? Su atropello a la familia del Viceministro, en el famoso caso de los policías que le costó su puesto (era más importante agitar morbo que cuidar seres humanos) pasará a la historia del periodismo como aquello que éticamente no se debe hacer. Para mí es grande su historia de desaciertos. Ella pertenece al grupo de comunicadores que hacen de sus espacios un álter ego para su imagen y reconocimiento.

Aceptando todo lo anterior, sin embargo es imposible callar frente a la forma como un hombre dizque profesional, educado e inteligente como Roberto Prieto, se refiere a una mujer cuando está energúmeno. Así la expresión se extraiga de una conversación privada, lo grave es qué tan naturalmente ‘brota’. Prieto llama “perra” a la señora Dávila por la forma como cree él, ella lo ha tratado en los medios de comunicación. ¿Qué es lo que hay guardado en el inconsciente de un hombre que ‘disparada’ la ira puede tratar tan mal a una mujer? ¿Por qué Prieto escoge el adjetivo “perra” para esta circunstancia? ¿Por qué esa connotación sexual y machista? “Perra” es su respuesta, su manera de cobrar la impotencia en que él se encuentra. Debe ser una perra la que lo dejó impotente, acusado, sin poder, contra las cuerdas. Prieto se siente humillado y degradado, sin ‘potencia-poder’ y el equivalente para ‘devolver’ atenciones, es este insulto. La actitud de Prieto se puede equiparar a la de los hombres que cuando ya no pueden dominar o controlar a una mujer, cuando se quedan impotentes (porque no pudieron salirse con la suya) sólo les queda la venganza en el ‘mismo idioma’: usted me castró, me quitó poder, yo la ensucio, la denigro, usted es una perra. Es decir la humillación, la vejación. A lo único que le apunta para doblegarla es a su condición de hembra, no puede verla como mujer integral. Perra, por retaliación porque sólo una perra puede dejar impotente a un macho. No escoge otra expresión o insulto despectivo (bruta, despiadada, bruja, manipuladora). Le nace “perra” porque algunos hombres cuando sienten esa rabia visceral y quedan impotentes, la única forma de potencia que aún tienen es su connotación de machos, su enorme falo. Es lo único que aún no ha perdido y se lo recuerdan: jamás seremos iguales. Nadie, ni usted, me lo quita. El calificativo es denigrante: por igualada, por “atrevida”, hay una amenaza, pero aún queda el poder del patriarcado, el machismo primario y visceral, para humillarla y pisotearla, para mostrar la diferencia. Impotente yo, “perra” usted.

Para muchos hombres en esta cultura la única arma que les queda para someter a una mujer es la sexual. Lo peligroso es descubrir qué tanto está inmerso en un inconsciente colectivo donde ni el estudio ni la educación logran desterrarlo. Lo visceral, lo que brota ‘espontáneamente’ dice más de lo guardado que de lo que se muestra. ¡Impactante!

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