¿Paramos y nos matamos?

Agosto 05, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

Lo que estamos viendo todos, rojos y verdes, azules y blancos, budistas, musulmanes o chiítas, cristianos y protestantes, es que la guerra no lleva a la solución de los conflictos. Más claro, imposible. En ninguna parte del planeta tierra, una guerra ha llevado a la paz. Una guerra ‘ganada’ lo más que aporta es tiempo para luego, en esta o en las próximas generaciones, volver a reanudar la matanza, con un odio enquistado en las entrañas, más grande, más visceral. O para que las venganzas y retaliaciones hagan de las suyas perdiendo hasta la esencia de la condición humana. No sé si en algún momento, en medio del fragor del enfrentamiento, algún combatiente se ha podido preguntar “pero, ¿por qué es que peleamos?”. Esas guerras ‘heredadas’, esas venganzas transgeneracionales que hay que continuar casi dizque por “honor y dignidad patrio, social o religioso” sin estar muy convencidos de cómo y por qué comenzaron, son una afrenta a la condición humana. El fracaso de lo humano. No pudimos manejarlas con la inteligencia y la razón. ¿Qué nos queda?El poder obnubila a la razón. Creímos que con la inteligencia dominábamos al mundo... Allí está la prueba de que la inteligencia aliada con el poder produce catástrofes como las que estamos presenciando. En cualquier lugar del planeta. La guerra definitivamente es la prueba más clara de la incapacidad del patriarcado (¿del hombre?) para encontrar una solución. El ‘mandato racional’ dice que hay que heredarlas, hay que continuarlas hasta ‘agotarlas’. No se pueden dejar ‘iniciadas’ entonces, generación tras generación, hay que perpetuarlas. La violencia bélica supone que le puede encontrar final a una guerra, ¿cuándo?, ¿en qué generación?, ¿después de cuántos miles de muertos?En Colombia debemos continuar el proceso de paz por encima de cualquier consideración. Hay que hacer un esfuerzo, hay que tragarse sapos y dinosaurios enteros (si es necesario) pero hay que intentar seguir construyendo convivencia aún con los que no saben cómo se hace. Y este ejercicio requiere esfuerzo y sacrificio. ¿Usted se imagina lo qué pasaría al otro día de la interrupción del proceso? ¿Quiere suponer el día después, una vez levantadas las negociaciones de mesa de La Habana? Es más fácil interrumpir (y regresar a lo ya conocido, a volvernos a matar en bloque) que continuar construyendo el difícil camino, del cual no existen ni mapas, ni maestros. Toca inventarse ese sendero. Los cantos de sirena entonan que es mas fácil, mas derrotista, mas inmediatista, interrumpir que continuar. Se necesitan agallas para sostener la ilusión, el deseo y la realidad de lo que se está intentando construir. Es una apuesta que hay que proseguir porque (de acuerdo a la simple filosofía de Pambelé), vivir en paz es mejor que vivir en guerra. Desafortunadamente el final de la venganza y la retaliación no se firmarán en La Habana ni se firman en ningún final de conflicto. Estos pendientes quedan en el corazón, en las emociones y en el árbol genealógico. De allí que hay que trabajarlos en ámbitos diferentes y requieren el consenso de una sociedad que es capaz de mirar para adelante y no hipoteca su futuro en la amargura del pasado. Pero hay que comenzar por el principio, por la firma simbólica de la paz.El conflicto interminable de Gaza e Israel nos tiene que servir de espejo: debe existir una solución diferente a la guerra y hay que tratar de encontrarla. Nadie ‘disfruta’ metiéndose en una confrontación. Por ideales religiosos, económicos o sociales, se han construido grupos que creyeron que con violencia, muerte y destrucción, se encontraba alguna respuesta. No, así no es. Nosotros en Colombia tenemos la alternativa de seguir o suspender este proceso de paz. Si paramos, entonces otra vez, estamos abocados a seguirnos matando indefinidamente…

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