“No me abra los ojos”

Febrero 28, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

Se lo dijo una profesora a una estudiante, hace unos días. Aun más, se lo podrían decir muchos profesores a muchos estudiantes en miles de colegios de nuestro país. En la más pura expresión de autoritarismo, esta maestra se considera ‘dueña’ de la manifestación de las emociones de sus alumnos. Para la profesora, “abrir los ojos” es un acto de grosería, una falta que merece nota de disciplina. Un acto censurable que la ofende en su dignidad. La espontaneidad de una reacción o de una emoción debe suprimirse porque incomoda a la autoridad. No hubo necesidad de palabras, sólo el gesto que fue considerado ofensivo, porque la estudiante debía permanecer absolutamente neutra o plana ante el autoritarismo del adulto. Es sorprendente cómo en las aulas educativas pareciera que el tiempo se detiene y a pesar de que el conocimiento fluye, la creencia y actitud de gran cantidad de maestros sigue siendo autoritaria y controladora.Pero no es el único escenario donde el autoritarismo pretende controlar. ¿Qué tal el policía que ante la detención arbitraria expresa “pero, ¿por qué se pone brava?”, como si molestarse ‘necesitara’ permiso. O el “¿por qué llora?”. O “no se ría”, emociones que se manifiestan a través del cuerpo y que no pueden esconderse, aunque algunos desearían restringir. Sí, hay gestos que se pueden interpretar como obscenos, otros se pueden calificar de groseros, pero la expresión de una emoción en forma automática como alzar las cejas o abrir los ojos, no puede ser motivo de censura. Es una respuesta instantánea a una agresión que sólo puede expresarse como una reacción física del cuerpo. No hay que olvidar que las emociones no expresadas terminan convirtiéndose en ‘bultos’ dentro del organismo. Claro, hay que aprender a manifestarlas, pero desde un salón de clase, en procesos pedagógicos, no puede pretenderse que no existan las reacciones a las palabras o dictámenes de los maestros.El control excesivo sobre el otro para desechar lo que no nos gusta es un acto de prepotencia. Cada quién tiene derecho a su emoción. ¿Cómo la exprese? He allí el asunto. Una reacción casi que automática debe ser analizada no censurada. Si a los 14 años un estudiante ‘aprende’ que lo que siente es peligroso para otros, terminará siendo el ciudadano ‘plano’ a quien le queda prohibido exigir lo que le corresponde o lo que se merece. Ninguna manifestación de sus emociones se hará visible porque así es como la sociedad lo acepta. De lo contrario será un revolucionario peligroso para la comunidad. “No me conteste”, “no discuta”, son también expresiones propias de las miradas autoritarias. El problema del ‘matoneo’ escolar no se gesta tan sólo en las diferencias en el mundo estudiantil. La agresión autoritaria genera una cadena de abusos –siempre buscando un inferior- hasta alcanzar un sinnúmero de receptores que terminan pagando los platos rotos, precisamente por su posición ante la jerarquía. El rector al coordinador, este al profesor. Profe a alumno y alumno fuerte a alumno débil… No sobra preguntarse en qué nivel de escala de agresión estoy: cuánto recibo y cuánto ‘disparo’. Al estar todos conectados en ese gran campo mórfico, una condena ante una emoción construye un tejido de agresión que tarde o temprano se verá reflejada. En uno, en otro, en el que sigue y así sucesivamente. “No me abra los ojos” es una posición autoritaria de quienes se consideran dueños de la vida de los demás. Y si es una maestra que dizque ‘enseña’, las consecuencias son aún más escandalosas.

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