Masculino y femenino

Marzo 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

La próxima semana se celebra el Día Internacional de la Mujer y ya me imagino los ‘panegíricos’ que nos dedicarán, medio lambones, medio mentirosos e irreales, para conmemorar la fecha. Claro, acompañada del susodicho clavel (¿la flor más barata?) para certificar que sí se nos valora. Sin embargo los hechos son demasiado contundentes como para no tenerlos en cuenta, pero, sobre todo, para no aportarlos como la prueba reina de las contradicciones en que vivimos. De nada valen los ‘sentidos’ homenajes cuando no se modifican las actitudes. Por todo lado la agresión contra la mujer no disminuye, sino, por el contrario, aumenta. El cuerpo femenino se asemeja a un botín del que muchos varones quieren aprovecharse como una manera de demostrar su inteligencia, su poder, su masculinidad o su fuerza. Para esconder, claro, su miedo, su fantasma de homosexualidad, su rabia o su debilidad: “Dime de qué te precias para saber de qué careces”. Ejemplos: el director del Partido Conservador junto con representantes de la Iglesia Católica, decidiendo qué hacer con el cuerpo de la mujer cuando ha sido violada o cuando el feto tiene deformaciones. Es el cuerpo de la mujer, no el de ellos quienes -¡qué coincidencia!- son todos varones. Olvidan que legislar sobre cuerpo ajeno es ‘fácilísimo’, pero irrespetuoso. Me imagino que los hombres se sentirían muy agredidos si hubiese una campaña femenina que promoviera “cortar penes” ante la avalancha de agresiones por parte de los varones. No, la idea no es igualar ‘mal con mal’ o emparejarnos por lo bajo. Lo importante es aceptar las diferencias, respetar el ‘territorio’ del otro u otra distinto al mío y aprender a convivir desde la diferencia. El mejor homenaje sería empezar por no meterse en asuntos que no les conciernen, porque el cuerpo de la mujer es de ella y las consecuencias de los problemas no son asumidos por la sociedad, tan evasiva cuando se trata de responsabilidades. Más pruebas: la violencia generada por las bandas criminales, la guerrilla o los paras, cuya arma más letal es el pene, buscando doblegar a sus enemigos ultrajando el cuerpo de las mujeres cercanas a sus afectos. Hasta ahora no he encontrado ningún panegírico de la Iglesia o del director del Partido condenando esta clase de violencia. Las guerras, que alimentan el ego masculino y, por lo tanto, están promovidas con ese propósito, producen un sinnúmero de violaciones hacia las mujeres como una manera de doblegar al enemigo. Los vejámenes y violaciones a las mujeres en los conflictos armados son la prueba más contundente de que la guerra estimula el ego masculino, pero no conduce a la conciliación. La guerra está hecha para que los hombres se luzcan. Si un hombre es capaz de ‘excitarse’ doblegando a una mujer con un arma en su nuca, significa que lo importante no es generar acuerdos políticos o sociales, sino sentirse superiores como machos. Sorprende, desde la perspectiva de salud mental, cómo un conflicto excita al varón hasta el punto de abusar de mujeres sin tener en cuenta su dignidad o su deseo. El silencio social ante estos hechos suena a complicidad y, lo que es peor, hace pensar que el problema no es tan grave o ‘está superado’. Paradójicamente en la proporción en que la mujer gana terreno y busca su autonomía, crecen la rabia y el miedo masculino por no poderla doblegar. La última arma que le queda para someterla y sentirse superior, es el pene. ¿Listos para celebrar el Día de la Mujer?

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