La familia, ¿para qué sirve?

Octubre 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

¿Hasta cuándo seguimos idealizando la familia como el lugar donde se anida la perfección? ¿Hasta cuándo insistiremos en ‘taparle’ a la familia todos sus defectos y problemas? Así como se han desmitificado tantos paradigmas de la cultura, (el Estado, el matrimonio, la madre, la religión, la escuela) es hora de aceptar la realidad sobre la familia. Hay quienes creen que ella es la piedra angular donde se forman ‘buenos’ y correctos ciudadanos. Que la sociedad se asienta sobre la familia y que sólo reivindicándola volveremos (!) a caminar por el sendero adecuado. Pero, ¿de qué familia hablamos, de la real o de la ideal? De la que imaginamos o de la que asumimos. Con la familia sucede algo muy particular: en ella se articulan lo bueno y lo malo porque es la responsable de inmensos logros humanos como también lo es de los peores horrores y extremos del comportamiento. La familia es un costal de circunstancias, buenas y malas, que se heredan generación tras generación. Heredamos los errores de nuestros antepasados. Además hemos ‘cubierto’ el concepto de familia con unas mentiras garrafales que lo único que han producido es más rencor y distancia entre sus integrantes. ¿Qué tal la mentira de que a todos los hijos se los quiere por igual? ¿O qué tal que todos los hijos o hijas tienen el mismo significado para sus padres? O aquella falacia de que “papá y mamá quieren lo mejor para sus hijos” cuando, muchas veces, son sus propios intereses los que se imponen por encima de lo que el hijo anhela. Pero el aceptar la realidad no significa que todo esté perdido. Por el contrario la verdad permite manejar a conciencia los acontecimientos y evitar ‘guardados’ o cuentas de cobro que algún día salen a relucir. Cuando no existe claridad sobre los verdaderos vínculos entre sus miembros, lo que sienten unos y otros es una sorpresa que algún día se destapa. Y ¡conmueve! El hermanito o hermanita “del alma” se convierte en un monstruo inesperado. La madre o el padre son irreconocibles. O los celos y envidias hacen de las suyas con actitudes de odio y venganza que “ningún proceso de paz” pareciera sanar y reivindicar. ¿Quién no tiene en familia el miembro que abusa de la responsabilidad o compromiso de los otros? ¿Qué decir de la obligación de cuidar a padres y madres ancianos, obligación que hijos olímpicos descargan en los demás? Tan grave como la inasistencia alimentaria para un niño lo es para un padre o una madre ancianos. No es colaborar: es una obligación que la ley regula y ampara. Hijos o hijas irresponsables pueden ser demandados por el delito de abandono de sus propios padres. Si el abandono hacia un niño conmueve hasta los tuétanos, el abandono a una madre o un padre es de una crueldad absoluta porque son fruto del cinismo y del desagradecimiento. Y aquí sí, es la vida la que cobra. Cuando no la paga ‘el deudor’ original alguien de las generaciones siguientes será el encargado, quiéralo o no, de saldar la cuenta. Y es cuando viene la pregunta “por qué yo” desconociendo que una posible respuesta estaría en el árbol genealógico. Así como los abuelos deben responder ante la falta de padres, los nietos deben responder ante la falta de hijos frente a los ancianos.La familia es real, de carne y hueso, con seres que sienten y no tienen que quererse por el solo hecho de tener el mismo apellido o la misma sangre. El ‘derecho’ al afecto se gana o se pierde con actitudes. De allí la necesidad de desmitificarla para conocer sus falencias y poder corregirlas.

VER COMENTARIOS
Columnistas