Johan, ¿secuestrado?

Johan, ¿secuestrado?

Diciembre 06, 2011 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

Como somos un país desbordado, es decir, pasamos de un extremo a otro, ahora empezamos a vivir la etapa de compensación. En el imaginario colectivo (y en el de nuestros gobernantes), deben existir grandes dosis de culpa (en especial producidos por la indiferencia y el olvido): es hora, entonces, de intentar equilibrar. Ahora sí, toda nuestra atención y dedicación. Y ¡hasta más! porque el límite no lo conocemos. Los excesos saltan a la vista. La Psicología busca que el ser humano ‘entienda’ el sufrimiento como un proceso de la vida pero no pretende, nunca, evadirlo o garantizar que se puede vivir sin éste. El sufrimiento es inherente a la condición humana porque es el pasaporte con el que crecemos y evolucionamos. Cada quien tiene su propia dosis de sufrimiento. ¿De qué depende ‘la dosis personal’? Del proceso de conciencia de cada quien: cada quien tiene lo que le corresponde. Las diferencias en ‘dosis de sufrimiento’ no se deben a mala suerte, destino negro, castigo divino, brujería, falta de plata o cualquier interpretación popular. Hay tres premisas básicas en esta explicación: primera, la vida tiene un sentido; segunda, a la vida venimos a aprender y tercera, nos vamos a morir. Los medios de comunicación determinaron que Johan Steven Martínez es el personaje del año. El adolescente, de 14 años, que nunca conoció a su padre por los problemas internos de este país, es hoy un símbolo que representa dolor, sufrimiento, tristeza. Me imagino que la idea es compensar o destacar su arrojo, la angustia vivida, las esperanzas perdidas. Sin embargo, desde mi profesión de psicóloga, considero que privilegiar una tragedia para hacer de ella una identidad de vida, puede traer consecuencias negativas para un niño o una niña en proceso de formación. Johan Steven se va a encontrar con una dualidad perversa: perdió a su papá, nunca lo tuvo (¿qué tanto se extraña lo que nunca se tuvo?), pero ese dolor profundo le empieza a producir ganancias e inmensas compensaciones, de toda índole. ¡Ya es el personaje del año! He allí el enredo para este muchachito por lo que se concluye de esta situación. ¡Perder al padre trae ganancias! El padre idealizado es perfecto (desde el imaginario) y Johan debe vivir para complacer esa perfección (por lo tanto no lo puede defraudar, quedó atrapado en un cliché), situación que es totalmente irreal y enfermiza para Johan. El papá de Johan es una ilusión (nunca fue real), y perpetuarlo en esa imagen impide que él pueda acercarse (e identificarse) con una figura real y concreta de hombre. Además, no hay que olvidar que nos ‘reconocen’ que tenemos identidad de pobrecitos (ver video del japonés-colombiano). Entonces, ¿quién es Johan? ¿El hijo de..., el muchacho de la tragedia, un adolescente signado por una problemática que debe encontrar su propio rumbo y su propia identidad como individuo? Igual que lo que sucedió con Gloria Gaitán, estos hijos de la tragedia nacional quedan ‘atrapados’, secuestrados por situaciones sociales de las que no se pueden liberar, puesto que el peso de la historia y la cultura les quita su identidad propia para siempre. Y es entonces cuando Johan va a empezar a vivir su ‘propio secuestro’ el de la fama, el de la historia, el de la tragedia, el de los privilegios, el de perpetuar la historia de su padre, el de ‘pobrecito’, en fin, le surgirán múltiples ‘guerrilleros’ que si no logra manejarlos, lo atraparán ‘para toda la vida’. Al igual que su padre, pero en otro contexto. Estos son los riesgos de los comportamientos ‘compensatorios’. No siempre ‘más’ es lo mejor.

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