In-consciencia

Julio 03, 2017 - 11:35 p.m. Por: Gloria H.

Francisco Piedrahíta, rector del Icesi, en su discurso de grado de este año, hizo una valoración sorprendente de las emociones por encima si se quiere de la razón. Y lo señalo como sorprendente porque Pacho Piedrahíta ha sido un hombre tenazmente racional. Leer sus palabras es gratificante porque pareciera como si el mundo intelectual empezara a desmitificar el imperio de la razón. No para desprestigiarlo sino para ubicarlo en el nivel que corresponde. Años de historia considerando a la razón como lo más valioso de la condición humana parece que estuvieran terminando. En busca, claro, de un equilibrio. La nueva mirada “primero sentimos y luego razonamos”, ¿qué tan cierta es?

La inteligencia ha mandado la parada y ¡de qué manera! Las pruebas hablan de la asombrosa inteligencia de Donald Trump, cuyo coeficiente intelectual de 152 es el más alto entre los presidentes de USA. Obama ‘sólo’ llega a 140. De allí para abajo están el resto de exmandatarios. Hoy, de acuerdo a lo que estamos viviendo, ¿queremos seguir fomentando la inteligencia como el valor primordial para un ser humano? ¿Queremos seguir educando hijos e hijas inteligentes? ¿Queremos seguir evaluando a los seres humanos por su CI? ¿Una mente inteligente lleva cosida a la razón un comportamiento ético o integral? ¿Seres inteligentes son sinónimo de seres coherentes?

Se habla entonces de emociones como también de razón (o inteligencia) pero sigue existiendo un vacío: no se habla de conciencia. ¿Qué es conciencia? ¿Dónde se ubica la conciencia? Pensadores, filósofos y psicólogos, en todas las épocas, han hablado de niveles de conciencia. Ken Wilber, vivo, moderno y actual lo expresa en forma precisa. Podría hacerse un paralelo con el desarrollo del niño: su construcción empieza con una mirada egocéntrica, totalmente justificable, hasta que va desarrollando, etapa tras etapa, su capacidad de integrarse al mundo. Lo mismo sucede con los seres humanos, con las comunidades y con los pueblos, que de acuerdo a su evolución, tienen comportamientos más conscientes, más integrales y más coherentes. O, por el contrario, su elementalidad puede llevar a actitudes como las del estado islámico cuyo nivel de violencia es inconcebible para otros niveles de conciencia. Para ellos es perfectamente justificable. Aún más, necesario.

Los niveles de conciencia muestran que los humanos no hacemos lo mismo, no tenemos iguales intenciones, ni estamos montados en el mismo bus. La evolución marca la diferencia. Son necesarios ‘representantes’ de todos los niveles para poder aprender. Igualarnos es una utopía. Lo valioso es tratar de que cada día más personas ‘superen’ el kínder de la conciencia, para escalar otros grados donde la coherencia guíe nuestro actuar. Para despertar conciencia no es indispensable ser profesional, ni tener carro, ni ser jefe, ni pertenecer a determinado estrato social. ‘Solo’ caer en la cuenta de lo que se vive. No más ‘modo automático’ donde no me doy cuenta ni de lo que digo, ni lo que hago ni como actúo. No es fácil porque la conciencia no está en la mente y menos en la inteligencia. A menudo sucede que sólo hay interés por la conciencia cuando algo golpea o no se encuentran respuestas ni en la inteligencia ni en la razón. Aparecen entonces atisbos de conciencia.

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