Gracias a la vida...

Julio 20, 2010 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

De vez en cuando viene bien hacer un alto y realizar un balance. Pueden ser los acontecimientos o las circunstancias las que nos ‘obligan’ a hacer el corte y evaluar. Y entonces es cuando nos topamos con la vida, con nuestras propias vidas. Este ‘encuentro’ es gratificante, porque nos da la oportunidad de recoger de lo que hemos sembrado. Es la cosecha la que evalúa nuestra siembra. La cosecha es la que dimensiona la semilla. Y es la cosecha la que nos lleva a dar gracias.¡Gracias a la vida, que nos ha dado tanto! cantaba la chilena, pero hay momentos en que podemos también corearlo a gritos, desde la emoción o en silencio, desde el corazón. Sentir la gratitud, recibirla, expresarla y devolverla es uno de los actos humanos más plenos y sanadores. Es como si Dios nos inundara, una sensación de totalidad, de completud, como si ya está, todo está, no se requiere más, sólo percibir. No hay tiempo, no hay espacio, no hay distancia. Todos los recuerdos, todos los hechos, todos los años allí reunidos, en un segundo. Sin diferencias, sin pasados o futuros: un eterno presente, pleno. La gratitud, sentirla o darla, es sagrada. Nos conecta con lo más trascendente de lo humano. Sin exagerar, creo que la gratitud es la emoción divina que nos permite sentir cuando todavía tenemos materia.El mejor libro para aprender es nuestro propio libro de historia. Allí tenemos los registros de lo que hemos trasegado. Agradecer porque existen amigos y amigas a los cuales nos hemos vinculado sólo por lo que son y por lo que somos. Nada más. Pero allí están siempre, presentes, dando la mano, acompañando, solidarizándose con la alegría o con la tristeza. Agradecer porque aún respiramos, agradecer porque el día de hoy es una esperanza para encontrar actos humanos absolutamente solidarios. Agradecer porque están la risa y el humor como elementos de vida que nos permiten crecer desde lo humano para rozar lo divino.Hay tanto para agradecer. La gratitud no se debería enseñar porque debe salir de nuestras entrañas. A veces, sin embargo, es necesario guiar las emociones para demarcarles la forma en que se expresan. La gratitud debe reconocer un camino interior para ser transmitida. Habituarnos a la gratitud… Porque cuando reconocemos el agradecimiento anhelamos volver a sentirlo y repetirlo como el niño que se engolosina con el dulce de su predilección. ¡Es tan grata la gratitud! Dándola por lo que nos rodea, por las oportunidades que se tienen, aun por las crisis y problemas cuando logramos ver a través de éstos el aprendizaje de la vida.Recibiéndola cuando se nos devuelve lo que honestamente hemos entregado. Gracias por lo elemental y por lo trascendente… gracias, gracias, gracias.No hay que temerle a la gratitud. Es tan ‘barato’ vivirla y tan, pero tan, absolutamente reparador darse permiso de reconocerla como emoción. Creo, de manera subjetiva y parcializada, que la gratitud es más liviana que el perdón. Es a través de la gratitud que nos conectamos con la esencia divina de lo humano. Cuando dicen que estamos a mitad del camino entre las bestias y los dioses el agradecimiento nos acerca a las dimensiones divinas. De allí sus efectos. Acostumbrarse a sentirla es casi como una oración, como una plegaria. Y tiene todas las particularidades sanadoras de las esencias florales, de los abrazos y las caricias, de la complicidad, en definitiva, del lenguaje de Dios en nuestra cotidianidad.

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