Fin de la intimidad

Diciembre 14, 2010 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

No logro asimilar qué es lo que está pasando. Indago entre colegas que me generan respeto y admiración y nada, no puedo sintonizar con ellos. No encuentro a nadie que pueda ver la situación de la manera en que yo la estoy observando. ¿Así de desubicada estoy? Es como si el mundo estuviera hablando un idioma que no logro entender. ¿La animadversión desproporcionada por Estados Unidos ha producido acaso esta confusión de principios? ¿La euforia por descubrir ‘la vida secreta’ de los americanos ha llevado a tal desfase de la realidad? ¿Se puede aceptar como normal la intromisión en los asuntos de otros? Wikileaks acaba de cambiar uno de los principios básicos de la condición humana. Espiar, meterse en el mundo de otro, que hasta hace unos días era un delito, algo censurable, acaba de modificar de valor y ahora se ha convertido en una ‘proeza’. Descubrir las intimidades de otro u otros (buenas o malas) tiene patente. De aquí en adelante, espiar, entrometerse, recibe autorización social para hacerlo. Usted puede meterse en el celular de su hijo, hija, esposo, esposa, puede averiguar sus conversaciones, sus mensajes. Su jefe tiene la potestad para espiar sus llamadas, su correo, como usted también tiene derecho a hacer lo propio con él. Porque “el fin justifica los medios”. Por cuenta de Wikileaks acaba de concluir el derecho a la intimidad. Todo lo que usted realice puede ser observado por miles de ojos sin que usted tenga la prerrogativa de quejarse. Al fin y al cabo Wikileaks autorizó la intromisión. Lo importante es ‘descubrir’ el secreto de otro porque se acaba de terminar el privilegio humano de tener alguna opinión personal. Todo debe ser público, todo debe estar expuesto a la mirada colectiva. En sus cuentas de banco se pueden meter sus acreedores, porque ellos ‘tienen’ derecho a saber si usted esconde la plata. Ni el Dios de nuestra niñez ‘que lo veía todo’ fue tan implacable: estamos expuestos a ser espiados y sin ninguna opción a protestar. El derecho colectivo por encima del derecho a la privacidad. Se terminó la potestad de tener una opinión personal, siempre y cuando sea diferente a lo esperado. Tenemos que vivir las 24 horas ‘en vitrina’ sin posibilidad a nada que incomode a otros, total, siempre existen ojos que están observando. Usted debe ser totalmente transparente, expuesto a que todo lo que piense o sienta pueda ser analizado por los que lo rodean y sus amigos. Y los amigos de sus amigos.La vida privada ha muerto. Cámaras, micrófonos, tecnología, todo apunta a que su mundo personal se volvió callejero. Si quitarse una prenda íntima en público ya de por sí es intimidante, imagínese lo que significa que todo su mundo interior sea auscultado por quien le dé la gana, por el solo hecho de que la privacidad pasó a ser un crimen. La locura también se puede ‘colar’ por ese ojo biónico que atropella el derecho a ser persona autónoma. Porque no existe mayor agresión contra la salud mental de un ser humano que negarle la opción de tener intimidad. El fuero interior manoseado por miles de ojos que intentan destrozar lo que usted es, por el solo hecho de tener que ser como ‘se espera’ que sea. No existe permiso para ser persona. Wikileaks oficializó el rebaño, la masa, el conjunto: todo debe ser de todos, todo debe ser aprobado por todos. La individualidad ha muerto, que viva la intromisión.

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