El poder del falo

Marzo 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

Produce una sensación extraña titular ‘el poder del pene’ ¿Lo publicarían de esa manera? Suena escandaloso ¿será que sí? ‘Suavizo’ entonces escribiendo falo. Posiblemente por ello se ha hablado del falo para simbolizar el arma más poderosa de cuantas existen en el universo y ‘disimular’ su poderío. Pareciera como si de alguna manera todos le tuviéramos temor. Hace unos días Diego Martínez (¡te leo!) escribía sobre ‘el pipí’ de Otálora. No dijo pene por ¿miedo, pena? Al decir pipí hablamos de lo mismo porque las mujeres también tenemos pipí y todos hacemos pipí. El pipí nos iguala, el pene diferencia. Y lo que es peor, arrodilla, somete. El pene marca distinción y da poder. Pero no es fácil escribir sobre ello porque a través de su poderío descalifica, humilla, se burla, ridiculiza, clasifica, agrede. Lo tienen los sacerdotes pero también los guerrilleros. Lo han usado para lo mismo, exactamente para lo mismo: someter, doblegar, aplastar. Lo utilizan para mostrar que ellos sí pueden, que son poderosos, que tienen el arma más poderosa de cuantas existen. Imposible suprimirla. Lo tienen los políticos pero también los mensajeros. Ah, claro, los deportistas también, cualquiera que sea su especialidad. Los jueces de la República, los magistrados, los presidentes de los países, como también de organismos internacionales. Su poderío no se regula por haber estudiado en Harvard, MIT, Oxford o en la Universidad pirata de la esquina. No. En todas partes está el arma contundente, poderosa, aplastante. No hay legislación sobre ella, no existe una reglamentación que ayude a educarla, a limitarla, a regularla. Basta con sentir para que se levante y haga suyo el territorio que tiene al frente. O al lado. O a sus pies. En las guerras más sangrientas no son las balas o cañones los que más dañan, no. Es el poder del pene el que más lastima y lo que es peor, ‘prolonga’ su agresión en un hijo o hija a la que se puede querer pero también se rechaza. Una agresión que se arrastra toda la vida y que trae a la condición humana seres marcados por “la agresión del pene” hijos de una violación, de un sometimiento humillante. Para toda la vida.¿Por qué aumenta el número de mujeres que desean, que quieren vivir solas? ¿Por qué aumentan los casos de lesbianismo? Esta arma está en cualquier escenario haciendo gala de su poder para destruir a su alrededor cuando no se obedecen sus órdenes. Está en el hogar, lo tiene un hijo, un padre, un abuelo, un mayordomo, el tío, el amigo, el vecino, el hermano mayor, el de la mitad, el pequeño. Los profesores, los terapeutas, los entrenadores de gimnasios, ¿qué hombre no lo tiene y en qué momento no ha sido tentado a someter ‘amorosamente’ a su ‘víctima’ para acrecentar su poder, su amor o su rabia? Cuando se acaban las palabras se ‘muestra’ el poder para convencer del todo. Sí, a través de un pene también se disfruta pero no es el pene el que produce el inmenso placer, no. Es lo que está ‘detrás’ de ese elemento lo que genera la satisfacción. Hoy, pareciera que viviéramos bajo el imperio del pene, de esta arma poderosísima que no obedece norma diferente que el instinto y el dominio. Cuánto dolor, cuánta humillación produce un pedazo de músculo que cree poder dominar al mundo. ¿Hoy, Día de la Mujer, lo seguimos permitiendo?

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