El buen hijo(a)

El buen hijo(a)

Febrero 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

¿Habrá derecho, acaso, a que un buen hijo o hija tenga que financiar los desórdenes de sus hermanos? ¿Será lógico que papá y mamá cuelguen de un hijo o hija la responsabilidad de los otros no tan santos? ¿Qué tanto atrapa o libera la familia? ¿Por qué en familia se castiga al bueno y se premia al malo? El buen hijo se educa en una buena familia. Pero el ‘malo’ tiene la misma familia del bueno. ¿Qué hace la diferencia? Lo primero, elemental, todos los hijos no son iguales, a pesar de que los alimente “la misma leche”. Desde el orden de descendencia (hijo mayor, menor, intermedio), el momento del nacimiento, el sexo, la situación económica, todo influye para marcar desigualdades. Incluido el amor hacia los hijos por parte de papá y mamá que no es parejo, porque a los hijos no se los quiere de la misma manera. Todo influye. Sin embargo, la cultura insiste en la ‘perfección’ del ícono familia. Es difícil hablar del tema, porque la sociedad no permite que se ‘toquen’ ciertas instituciones que dizque garantizan el equilibrio social. Pero es obvio que la familia es una dualidad. Un costal de contradicciones. La familia es una institución de formación de valores como también una organización que atrapa y culpabiliza. Al considerar que la fidelidad a la familia debe estar por encima de cualquier otra actitud se llega a situaciones de injusticia difíciles de aceptar. Sin embargo, la mezcla de emociones donde se entrecruzan la culpa, el deber, la lástima, el afecto, la palabra de papá o mamá, produce un coctel molotov mental de impredecibles consecuencias. Hay situaciones familiares donde casi es un delito que a uno de los hijos le vaya bien: ¡Qué desgracia! Todo el grupo familiar se quiere colgar del afortunado que la trabajó, la sudó y la luchó. No, no es buena suerte: es trabajo y dedicación, mientras que otros “no consiguen trabajo”, “el jefe es muy estricto” y el buen hermanito o hermanita deben terminar ‘financiando’ la flojera. Al grano. Cinco hijos, tres excelentes, los otros dos ‘caraduras’. Y papá o mamá ‘exigen’ que se ‘ampare’ a los desordenados. Las deudas de los pícaros deben ser costeadas por los ‘buenos’. Y es entonces cuando se ‘castiga’ al bueno obligándole a financiar a su “pobre hermanito”. O en el momento del fallecimiento de uno de los progenitores “prométeme que no desampararás a tu hermanita (de 38 años)”, donde se castigan la responsabilidad y disciplina y se premia la vagancia. En términos espirituales se dice que escogemos la familia donde nacemos para aprender lo necesario en el proceso de evolución. Deben existir, entonces, buenos y malos comportamientos. Pero no se pueden arropar todos los miembros con la misma cobija. Las diferencias deben existir y se deben respetar. Así duelan. Lo importante es destapar la ‘perfección’ familiar y encontrarse con la realidad.Y si los cinco hijos no siguen viviendo en la misma situación económica que cuando eran niños, se debe respetar esa diferencia. La familia no es una camisa de fuerza y desde esta organización primaria se debe trabajar el respeto por la diferencia. La inmensa dificultad de esta institución son los lazos afectivos donde la culpa carcome las entrañas y, mas aún, si existen unos padres castradores que ‘exigen’ la colaboración. Entonces, es como si fuera mejor ser “malo que bueno”. Al fin y al cabo al irresponsable lo financian y al esforzado lo castigan. ¿Es equilibrada y justa esta actitud? La familia también merece una mirada actualizada y consciente. ¿Se arriesga a mirar su estructura familiar?

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