¿Dónde el 24? ¿Y el 31?

¿Dónde el 24? ¿Y el 31?

Diciembre 18, 2017 - 11:35 p.m. Por: Gloria H.

Diciembre es un mes de paradojas. Por un lado están las costumbres y tradiciones que nos repiten a voz en cuello que Navidad es la época del amor, la alegría, el encuentro familiar, los abrazos y el mundo maravilloso de la amistad. Pero cada vez es más claro que hemos montado a diciembre sobre una mentira, una ilusión, o una farsa, porque ni el amor, la alegría o los encuentros familiares se dan con la ‘facilidad’ que desearíamos. Aún más, ¡no se dan! Lo que se produce son una serie de desencuentros, de dificultades, de roces, de divisiones porque la familia ‘no se comporta’ como dice la propaganda. La familia de la foto no existe. Y menos aún en el mundo moderno, independiente, rebelde, que intenta zafarse de las costumbres para ‘caminar diferente’. Ya no es tan fácil ‘obligar’ a nombre de la autoridad, o la costumbre o la tradición, a que la familia se reúna a pesar de la hartera y la oposición de varios de los participantes del núcleo familiar. La modernidad ha permitido la sublevación y entonces todos no acatan las ‘órdenes’ del amor parental. Y desde el comienzo del mes surge la ‘nefasta’ inquietud: “¿Dónde pasaremos el 24?, ¿y con quién el 31?”.

La familia consaguínea está conformada por personas que se supone fueron ‘alimentadas’ con la misma leche. Se esperaría (se supone) que tengan más o menos un comportamiento uniforme. Pero la uniformidad y disciplina son pura teoría. Cada vez más los hijos no siguen las mismas instrucciones, les da hartera la tradición y es más fácil cuadrar a cuatro micos para una foto a que los lazos de sangre faciliten el desenvolvimiento del ideal de familia. Y si a esto se le mezcla las familias políticas con otras costumbres e ideas diferentes, donde los temperamentos, costumbres, comidas, gustos y hasta regionalismos no coinciden, Diciembre lejos de ser el mes del amor y la alegría, puede convertirse en el mes de las pesadillas.

Por eso cada vez se parece más a una máscara. Cada año es más cercano a una tragicomedia, montado sobre una apariencia. Lo importante es ‘blindarse’ contra las falsas ilusiones de que diciembre trae cosido a sus entrañas la palabra ‘amor y reconciliación’. Llega Navidad y no significa que los problemas desaparecen. El abrazo del 24 o el del 31 no ‘alcanza’ para limar asperezas o diferencias ancestrales. Al menos soportan cuatro horas de reunión y varios aguardientes encima… Lo importante entonces es aprender a manejar situaciones incómodas y no soñar con que van a desaparecer.

La tradición continúa pero la actitud debe ser diferente. Lo primero, bajarse de la nube de la familia perfecta. Quedan descartados los reclamos, las ilusiones, las expectativas. No espere nada, no porque no lo quieran o se lo merezca sino porque nadie tiene la obligación de darle nada. Los hijos tienen derecho a crecer e irse. Tienen derecho a ‘elegir’ con quién pasar las fiestas. Dónde pasar el 24 o el 31 no puede convertirse en un asunto de vida o muerte. Y no se debe manipular con la culpa o el chantaje afectivo (en lo que somos expertas las mamás). Es una festividad que si se conecta con lo espiritual debe producir paz interior a pesar del ajetreo exterior. Lo importante es aceptar que con las luces de Navidad no llega implícita la reconciliación. Esa hay que construirla y no solo desearla.

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