Carta a la carta de Santiago

Abril 30, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

Santiago Cruz, periodista de este diario, le escribió una carta a Melanie, la niña asesinada a golpes, comprometiéndose a aclarar los motivos de su muerte. Como en un rompecabezas al que se le van juntando piezas, Santiago habla de su padre, su madre, el colegio, la madrastra, el Icbf, en fin todos los posibles protagonistas del drama. Y claro, la sociedad… es decir nosotros, los que estamos aquí ‘leyendo’ el periódico o viendo la información en la tele. ¿Quién es el culpable o el responsable de este asunto? Que no es un único asunto sino miles más, donde niños y niñas son agredidos por padres y madres o profesores o vecinos o cultura. ¿Qué hacer?El papá, la mamá, la madrastra, son solo ‘piezas’ del rompecabezas, donde ellos muy posiblemente también son víctimas de situaciones de agresión. Adentro de todo victimario hay una víctima y dentro de cada víctima existe un victimario en potencia. ¿Cómo detener este espiral? En Psicología se trabaja con el árbol genealógico como una manera de hacer conciencia de las fallas de nuestros antepasados para no seguirlas repitiendo. Tomar conciencia de ellas es una manera ‘rápida’ de mirar cómo nos afectan nuestros ancestros. Qué tanto de su historia está pendiente en nuestra vida y cómo repetimos sus errores. Algo parecido a un ‘alma familiar’ a la que estamos ligados y por la cual también debemos responder. Así como todo colombiano que sale del país ‘siente’ el peso de la nacionalidad en cualquier aeropuerto del mundo (con razón o sin ella), igual somos parte de la familia y sólo actos de conciencia y reparación nos liberan de los pendientes de esa historia. El sentido comunitario, global o cósmico, donde nos reafirman como parte de y no como seres aislados. El efecto dominó o la repercusión cuántica de que todo está ligado.¿Qué hacer, Santiago? No es fácil la respuesta. Creo que sólo la ‘construcción’ colectiva nos puede llevar a mejorar el futuro. Y esa construcción tiene que llevar a todo aquel que sienta la preocupación o el dolor o el sufrimiento a comprometerse individualmente a no agredir, a no lastimar, a no fastidiar. Pero no porque exista una ley que lo prohíba, sino porque desde nuestras entrañas sentimos que no podemos continuar siendo parte de esta locura colectiva. El bulling de los colegios, por ejemplo, es un efecto del bulling social que indirectamente todos patrocinamos y aumentamos. Los presidentes se agreden, existe un ‘respetable’ periodista que desde su columna semanal se burla, agrede, injuria a quien se le ocurre y ‘todos’ nos reímos de su ‘agudeza mental’. Eso es manoteo social. Esa es nuestra complicidad pasiva. No, no es censura de prensa. Pero si existen mecanismos de ‘no agresión’ que pueden silenciar su bulla. Basta con no leer, no sintonizar o no oír. Debe existir un pacto colectivo, pero inicialmente individual, de comprometerse con la no violencia, con la no agresión. ¿Qué tanto estamos dispuestos todos, desde el lugar en que existimos, con ese compromiso? ¿Qué tanto estamos dispuestos a revisar nuestras formas ‘sutiles’ de violencia y agresión? Si no es de esta manera Santiago, encontrarás ahora un responsable, un eslabón, que de pronto también fue víctima de violencia, será castigado, pero el monstruo sacará la cabeza por otro lado. Y seguirá y seguirá… sólo cuando seamos conscientes de nuestro grado personal de violencia y agresión, podrá existir luz al final del túnel. La violencia es una espiral, un círculo infinito, que sólo podrá romperse el día que cada quien sea consciente que la violencia es una responsabilidad, antes que nada, individual, de cada uno, de cada quien.

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