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Marzo 13, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gloria H.

La Justicia atraviesa sus contradicciones, los furibistas intentan detener lo inevitable y burlan la norma a su amaño, las Farc asustan e intimidan, Santos avanza como jugador exquisito de póker y... el mundo continúa. Mientras los seres humanos enfrentan en su día a día inconvenientes que no merecen ni un titular de periódico. Pero es aquello que se vuelve la historia menuda y que en definitiva importa porque es lo que nos acompaña a diario. Lo cotidiano es lo que nos toca y lo que realmente se vuelve nuestro problema.35 estudiantes de una Facultad de Derecho de prestigiosa universidad acaban de recibir un 1 de su profesor, porque son “brutos, pídanles a sus papás que se los lleven a la casa, váyanse a cocinar, a lavar o a barrer en sus casas”. Toda la clase fue merecedora del 1. El profesor se ‘ufana’ entonces de la ‘brutalidad’ de sus alumnos. Se regodea en ella, olvidando lo más elemental de la pedagogía: cuando a un profesor toda la clase (o la mayoría) le pierde la materia, el problema no es de los alumnos. El problema recae directa e implacablemente en el maestro. No tuvo la sagacidad, o la inteligencia o la pedagogía suficientes (o todas las anteriores juntas) para transmitir la información y el conocimiento. Criticar a los estudiantes y considerar que no sirven es de una soberbia mayúscula. O de un infantilismo enfermizo. Los malos son los otros, no él. Los demás son responsables de su ineptitud aun cuando él sea el maestro que los guía. Su actitud se parece a la de aquellos que creen que ofenden ‘escupiendo pa’ arriba’.Se habla mucho del bullyng o matoneo entre los estudiantes, pero muy poco se cuestiona la actitud de profesores o directivos de las instituciones educativas cuando consideran que su cargo u oficio les da autorización para humillar o agredir al estudiante como se les antoja. Allí no existen relaciones de afectividad como con los padres y el alumno tiene que ‘tragarse’ toda su impotencia so riesgo de ser expulsado. Sí, hay estudiantes groseros y altaneros pero ellos son los que están siendo educados. Es como si se creyera que las instituciones educativas son para ‘formar intelectos’ y por lo tanto deben asistir ‘sólo’ cabezas pasivas y no seres humanos con emociones por formar y educar también. ¿Qué tanta agresividad despierta este autoritarismo entre los estudiantes? ¿De qué manera un alumno puede reclamar sin correr el riesgo de una sanción? Cuando se abre la puerta para escuchar estos reclamos, la queja es infinita. Los estudiantes de las instituciones no tienen espacios para ventilar la agresividad y autoritarismo de profesores y directivos. No sería atrevido preguntar este ‘manoteo profesoral’ de qué manera encuentra desfogue. En la cadena de agresiones comunitarias, ¿los profesores ineptos no estarán cargando alumnos para que ellos a su vez continúen la cadena de humillaciones a otros más débiles?¿Qué tan preparados están los profesores para manejar a estas nuevas generaciones que no tragan entero, manejan redes sociales, necesitan motivaciones reales e indagan por un mundo coherente? ¿Qué tan anquilosado y viejo es nuestro magisterio? Hay que respetar jerarquías pero no autoritarismos. Lo primero que debe practicar quien educa es un mínimo de respeto por el otro. El profesor de esta historia violó principios elementales de respeto y valoración. ¿Así se educan los abogados en este país? ¿Será por ello que hoy la Justicia se ha convertido en un sartal de zancadillas, trampas, ‘cuentas de cobro’ y reclamos de unos con otros?

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