Violines caloteños

Violines caloteños

Julio 21, 2014 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

La primera vez que se presentó una agrupación de violines campesinos en el Festival Petronio Álvarez fue en 1999.Provenían de Buenos Aires (Cauca) y, además del violín, traían contrabajo, guitarras y tambores (tambora y redoblante) e interpretaban jugas, torbellinos, bundes, bambucos y otros aires musicales tradicionales. Fueron como una bocanada de viento fresco para el Festival.Pese a las dificultades persistieron y año a año venían más, salidos de las montañas de Suárez, El Palo, Honduras, Timba y otros rincones del antiguo cantón de Caloto, cuyo territorio abarcaba los municipios que hoy conocemos como del “norte del Cauca”. Se trata de campesinos y mineros afrodescendientes que además de sus labores usuales en minas o cultivos, interpretan música durante las fiestas patronales o las adoraciones al niño Dios en temporada navideña.Pobres como son y han sido desde que tienen memoria, en muchas ocasiones no tenían recursos para adquirir instrumentos y tenían que apelar a la inventiva para construirlos ellos mismos, de manera artesanal. Allá conocí los violines hechos en guadua, con encordado de crin de caballo, lo mismo que contrabajos “hechizos” que, pese a las limitaciones, ponen a bailar a las familias campesinas de esta región rural tan cercana y remota a la vez.De por allá salió para Cali Leonor Gonzáles Mina, quien recorrió el mundo con su voz diamantina, y por allá, en Villapaz, anda doña Milvia Lucumí Carbalí, cuyo arroz atollado de pato con pipilongo es una de las glorias de la cocina tradicional colombiana. También, en Santander de Quilichao, está Carlos Alberto Balanta, “Baterimba”, cuyas habilidades como percusionista y “showman” ponen a saltar hasta a los paralíticos.Tuve la fortuna de ser invitado a una eliminatoria de conjuntos de violines caucanos en Santander y me encontré con una sorpresa: un alcalde, Luis Eduardo Grijalba, y un secretario de Educación y Cultura, Ember Jerónimo Velasco, que comprenden la importancia de la cultura tradicional y están dispuestos a invertir en su conocimiento, salvaguardia y promoción sin ningún tipo de arrepentimientos. Lo hacen con ganas, y el resultado es magnífico.Puede ver a miles de personas en el Coliseo ‘Los Guásimos’, muchos de ellos venidos de las veredas y corregimientos de donde procedían los músicos, familias enteras, con abuelos, padres, hijos y nietos, que bailaban con alegría al son de las jugas y los torbellinos, contagiando de su entusiasmo a otro tanto de quilichagüeños y de visitantes ocasionales. Una parranda sana, en la que viejos y niños bailan, con aroma de campo y sabor de frutas maduras.Letras sencillas y sentidas, en las que se narra la cotidianidad del campesino, melodías simples, a veces elementales pero cargadas de complejidades poéticas, y el sonido siempre mágico del violín rústico amorosamente ejecutado.Recordé a Carlos Alberto Velasco, quien se propuso documentar esta música refrescante y redactó el documento para que estos violinistas negros tuvieran su propia categoría en el Petronio Álvarez, lo que se logró en el 2008.Hay mucha vida aquí cerca, al lado de nosotros, que desconocemos o no queremos apreciar. Cuando nos acercamos a estos violines del viejo Caloto sentimos que las esperanzas renacen y el amor por nuestro terruño aumenta. Esto lo ha comprendido el alcalde de Santander de Quilichao, a quien sólo resta felicitar con entusiasmo.

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