Sierra

Sierra

Noviembre 10, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

En un restaurante de Cartagena, hace más de quince años, estaba comiendo Gabriel García Márquez con un colega suyo, extranjero y famoso. De una mesa cercana se aproximó un hombre joven, de ojos pequeños y brillantes y gafas, que abordó al Nobel y le dijo: “Maestro, perdone que lo interrumpa, pero yo no vengo a pedirle un autógrafo, sino a ganármelo”.Como es lógico, el de Aracataca, intrigado, le preguntó que cómo era eso, a lo que el extraño le aseguró que se sabía de memoria ‘Cien años de soledad’. Ante semejante declaración, García Márquez le advirtió, primero, que no le creía y, segundo, que no le aceptaría los dos párrafos iniciales, conocidos por mucha gente. Así que escogió al azar alguno de los capítulos intermedios y se quedó mirando a su interlocutor.Casi sin pensarlo, el extraño empezó a recitar el fragmento señalado de la saga de los José Arcadios y las Úrsulas de Macondo, ante las risas incrédulas de los dos escritores. Siguiendo el juego, García Márquez le pidió otros pasajes del texto y en todos los casos aquel extraño de memoria prodigiosa arrancaba inmediatamente a referir la historia, como si la estuviera leyendo.“¡Te lo ganaste!”, le dijo finalmente el Nobel, tomó una de las servilletas de tela de una mesa vecina y le escribió una dedicatoria. Mientras lo hacía, escuchó a aquel insólito personaje dirigirse al otro escritor, que quizás era Carlos Fuentes, ofreciéndole excusas por no haber memorizado ninguno de sus libros.“No importa, también te ganaste mi autógrafo”, le dijo el otro. Es probable que en la casa de Orlando Sierra, el genial protagonista de esta historia, todavía estén, enmarcadas, las dos telas con las dedicatorias de dos célebres escritores de renombre internacional, ganadas no a pulso sino de memoria.A Orlando, periodista de ‘La Patria’ de Manizales asesinado el 30 de enero del 2002, le escuché personalmente esta anécdota, cuando fuimos vecinos de asiento en un vuelo hacia Chile, por allá a mediados de los 90. Todo en él era insólito e interesante. Su afición al haikú, esas poesías japonesas de tres versos, o su conocimiento de autores en su momento casi desconocidos en Colombia, como César Bolaño o Arturo Pérez-Reverte.Orlando hablaba a toda velocidad, sabía de muchas cosas, pero también quería entender sobre todos los temas. El último martes de enero del 2002, Luis Fernando Soto Zapata lo mató a tiros, a la salida del periódico donde trabajaba. Capturado prácticamente en flagrancia, recibió una pena de 29 años de prisión, de los cuales pagó menos de seis meses, porque los jueces tuvieron en cuenta la confesión de delitos y su buena conducta en la cárcel.Como a hierro muere quien a hierro mata, vino a morir en Cali en julio de 2008, en un enfrentamiento a tiros con la Policía. Hace pocos días, la Fiscalía ordenó la detención preventiva contra otro de los presuntos autores materiales de la muerte de Orlando, Henry Calle Obando. Y a los posibles autores intelectuales, los políticos caldenses Dixon Ferney Tapasco y su padre, Francisco, les abrieron investigación en septiembre pasado. Ambos tienen varios proceso penales por paramilitarismo y el hijo recibió una condena de siete años y medio por ese delito.Orlando Sierra había denunciado sus maniobras indecentes varias veces en su columna ‘Punto de encuentro’.

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