Secretos

Diciembre 22, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Si los documentos secretos que le robaron al Gobierno de Estados Unidos no hubieran sido electrónicos sino impresos en papel, habría sido imposible que una sola persona se alzara en pocos meses con las 251.287 piezas que generaron la más grande filtración diplomática de la historia.Esa es tan sólo una de las paradojas del sonadísimo caso que involucra a un sitio de internet y a cinco periódicos cuidadosamente escogidos en el mundo. También es curioso que el solo portal de internet no tuviera la suficiente fuerza por sí mismo, pese a que fue creado en el 2006 y ya había obtenido titulares por escándalos anteriores, como para lanzarse a hacer las revelaciones en solitario.De hecho, en los dos primeros meses de este año, la entidad sin ánimo de lucro que publica WikiLeaks estaba quebrada y no pudo, incluso, revelar documentos sobre la guerra de Iraq. La paradoja es que por su naturaleza, esta página web, una de las más visitadas de la red mundial, no acepta publicidad ni donaciones gubernamentales o corporativas.Es paradójico también que el grupo que se dedica a revelar secretos de los demás, sobre todo de los gobiernos poderosos, pueda informar tan pocos detalles sobre sí mismo. Se sabe, por ejemplo, que el alemán Daniel Schmitt, quien no le contó ni siquiera su edad exacta al periódico El País, es tan importante como Julian Assange en la organización, de la que forman parte cinco voluntarios de tiempo completo y entre 800 y 1.000 colaboradores (técnicos informáticos, abogados y periodistas) de tiempo parcial.Abundan los hechos y detalles casi inverosímiles en todo el asunto. Por ejemplo, que quien se robó los más de 250.000 cables diplomáticos haya sido un soldado estadounidense de sólo 22 años, Bradley Manning, un gomoso de los computadores que tuvo acceso por más de ocho meses a información reservada mientras prestaba servicio en Iraq. (Manning fue delatado por otro hacker, está preso y enfrenta una posible condena de 52 años de cárcel.)Finalmente, es paradójico que una de las palabras claves en el mayor escándalo informático del Siglo XXI, posibilitado por la internet y los computadores, pertenezca al vocabulario del telégrafo, que surgió en el siglo XIX y al que alguien acertadamente llamó “la internet de la era victoriana”.Llamar ‘cables’ a los reportes que los embajadores de Estados Unidos enviaban a sus jefes de Washington periódicamente no deja de ser un anacronismo, en épocas de fibras ópticas y satélites. La palabra alude a tiempos en los que sólo era posible transmitir información de un punto a otro de la tierra a través de cables físicos de cobre, algunos de los cuales yacían en el lecho de los océanos.Las filtraciones (leaks) que desde el 28 de noviembre de este año desvelan a funcionarios de 274 países que ocuparon cargos gubernamentales y diplomáticos en los últimos 44 años, seguirán por varios meses. El propio soldado que las robó advirtió que era humanamente imposible para una sola persona analizar semejante cantidad de información.Pero cuando lo desenmascararon se rompió uno de los pilares fundamentales de esta historia de secretos, el componente ‘wiki’, que significa colaboración anónima.

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