Qwerty

Agosto 04, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Ahora que todo viene con teclado sería mucho más útil poder escribir más rápido, aunque no conozco a nadie con ganas de esforzarse por lograrlo. La ‘chuzografía’, como se le decía hace años a la costumbre de escribir con sólo dos dedos y no con todos, terminó imponiéndose por culpa de la pereza, por un lado, y por el desorden de las letras, por otro.La historia del teclado ‘Qwerty’, que recibe su nombre por las primeras seis letras de la fila de arriba, a la izquierda, es una inmensa paradoja que demuestra cómo un invento deliberadamente irracional se puede imponer indefinidamente sobre propuestas mucho más sensatas.Sonará increíble, pero por allá en 1873, el señor Christopher Latham Sholes distribuyó las letras en el teclado con la finalidad expresa de que no se pudiera escribir rápido: los tipos de las primeras máquinas de escribir funcionaban por gravedad y si alguien pulsaba dos letras contiguas demasiado pronto, se trababan. Para ganar tiempo mientras los inventores perfeccionaban el mecanismo, Sholes simplemente desordenó las letras y solucionó el problema.En la fila de arriba puso todas las vocales y consonantes que hay en la palabra ‘Typewriter’, lo cual de paso les servía a los vendedores para descrestar a los clientes potenciales. Así que los primeros usuarios fueron chuzógrafos porque no tenían otra alternativa. Pero después, ya en el Siglo XX, se perfeccionaron las máquinas, se inventó la mecanografía y comenzó el desencanto con el teclado Qwerty.Entre las muchas alternativas que surgieron, llama la atención la del profesor Augusto Dvorak, que estuvo filmando mecanografistas, midiendo tiempos y estudiando movimientos y en 1932 propuso el teclado que lleva su apellido, con las siguientes características: en la fila de la mitad, colocó las letras que se usan en un 70% de la escritura (a, o, e, u, i, d, h, t, n y s), cuidando de poner las vocales a un lado y las consonantes al otro, para darle ritmo a la digitación; en la fila de arriba van las letras con una frecuencia del 22% y en la de abajo las que sólo se utilizan en el 8% de la escritura.Dvorak solucionó algunos otros problemillas del teclado Qwerty: a cada dedo le asignó letras en proporción a sus habilidades y evitó la sobrecarga de la mano izquierda, que el viejo teclado pone a trabajar un 57% del tiempo, pasándole la tarea a la mano diestra, ya que sólo la décima parte de la población mundial es zurda.Pero la lógica y la razón no siempre se imponen: pese a todas estas ventajas y a que el reentrenamiento para usar el teclado Dvorak sólo dura una semana, a que evita el dolor en el túnel carpiano, reduce errores y aumenta sustancialmente la velocidad, el mundo rechazó la novedad y siguió aferrado al viejo Qwerty.De nada valió que el Instituto Nacional de Estándares y la Asociación de Fabricantes de Equipos de Estados Unidos lo aprobaran. Ni que los computadores actuales se puedan reconfigurar fácilmente para usarlo: incluso el libro de donde tomé toda esta información (‘Diffusion of Innovations’, de E. Rogers), el presente artículo y todo el periódico que usted está leyendo, ¡fueron escritos con teclados Qwerty!

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