Peleando el agua

Enero 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Resulta curioso que en un país inundado, en los medios se libre una discusión, a veces acalorada, sobre el desperdicio de agua, tanto en la agricultura como en los usos industriales y domésticos.El ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, relaciona las dos partes de la ecuación, exceso de agua en los inviernos y escasez de ella en los veranos, diciendo que “La naturaleza pasa la cuenta de cobro cuando la tratamos mal, como hemos hecho sistemáticamente en Colombia”. Declaración importante, tanto porque es cierta, como porque implica una dura autocrítica que involucra al Estado y a sus instituciones.A su vez, Carlos Hernando Azcárate, vicepresidente de Procaña, la asociación de los cañicultores independientes, nos advierte: “La exuberancia del trópico nos hace perder la memoria. Con las primeras lluvias olvidamos la escasez de agua de cada seis meses. Somos, por definición, insolidarios”. Se refiere a todos, pero especialmente a los propios cañicultores, a los que conoce de cerca.Siendo cierto lo anterior, ¿se trata acaso de un mal general, del que todos somos igual de responsables? Por supuesto que no, hay grados de responsabilidad en esta tragedia, que ni Restrepo, ni Azcárate, pretenden desconocer. En primer lugar, el Estado y sus instituciones, por falta de previsión e indolencia en la administración de un recurso vital. En segundo lugar, los grandes beneficiarios de este recurso, los que se llevan la parte del león en las cuotas de agua para utilizarla en el riego de los cultivos. En el Valle, claro está, se trata de los ingenios azucareros. Así se molesten, alguien debe decírselos. Como lo han hecho, cifras y documentos en mano, Mario Pérez y Paula Álvarez, en su estudio sobre el costo social y ambiental del negocio cañicultor en Colombia. Estudio sobre el que Asocaña guarda temeroso silencio, lo mismo que algunas universidades que quieren hacer depender su desarrollo académico del vínculo con la empresa privada.Ázcarate, que sabe del asunto, lo ha dicho: “Los agricultores fueron obligados a invertir importantes sumas de dinero para tener garantizada el agua, pues ya era evidente que se había autorizado el uso del recurso en mayor proporción a los caudales reales. Los pozos profundos garantizaban al agricultor autonomía frente a la gran demanda de unos caudales ‘sobrevendidos’. Los ingenios azucareros que invitaban a los nuevos agricultores a sembrar caña, también recomendaron la construcción de los pozos para que los nuevos ‘colonos’ no sólo produjeran la caña que iban a necesitar, sino también para que disminuyera la presión por los caudales ya adjudicados con anticipación, y que los ingenios consideraban ‘derecho adquirido’”.Así, el Valle se llenó de pozos profundos, una forma ineficiente y costosa de riego, que además causa daño ambiental. Calienta la atmósfera, disminuye la humedad de los suelos, genera mayor demanda de agua en los veranos y contribuye a que los inviernos sean más devastadores.De allí que la pelea por el agua sea tan ruda y a veces se vean agricultores airados, reclamando en las bocatomas de los ríos el derecho al agua superficial. Algunos, los más previsivos, construyen reservorios de aguas lluvias, lo que todos debieran hacer. Pero esto no basta y se requiere hacer más, lo que será objeto de otra columna, pues el espacio se acabó.

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