Nostalgia

Septiembre 29, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Hace dieciocho años, para ir de Cali a Jamundí existía una vía estrecha, peligrosa y atrasada, que algunos optimistas llamaban ‘carretera Panamericana‘. La actual Cañasgordas llegaba a duras penas hasta el Icesi, que todavía no tenía categoría de Universidad, como tampoco lo tenía la Corporación Universitaria Autónoma de Occidente, por esas épocas en el barrio Champañat.Hablo de junio de 1992, cuando Rodrigo Guerrero recibía la Alcaldía de manos de Germán Villegas, Jhon Maro Rodríguez era todavía locutor, Apolinar Salcedo quizás se graduaba de abogado y de pronto Jorge Iván Ospina estudiaría medicina.La zona poblada llegaba por el sur hasta Univalle y ciudad Jardín, y la avenida Pasoancho estaba flanqueada por grandes lotes todavía inhabitados. La futura avenida Simón Bolívar, que algunos ya llamaban autopista, era un proyecto vial de algunas cuadras discontinuas, por sectores.En el norte eran completamente residenciales Versalles (ya con indicios de comercialización en la Avenida Cuarta), Centenario, Santa Mónica y La Flora. Del barrio Granada sólo hablaban sus escasos habitantes, que moraban en casas viejas y vetustas. El Centro Comercial del Norte bullía de gente y almacenes. Chipichape consistía en una serie de bodegas silenciosas, amontonadas en un rincón olvidado de la ciudad, en medio de lotes descuidados.Para ir a Yumbo y a Palmira había qué tomar vías no muy anchas, de dos carriles, donde algunos optimistas insistían en acelerar. No sé si será impresión mía, pero creo que en aquella época eran peores los olores y la contaminación del norte. En Cali eran importantes Fruco, Gillette y otras multinacionales que después se fueron. El presidenciable Rodrigo Lloreda dominaba la política local, junto con Carlos Holguín Sardi, que hace dieciocho años era gobernador del departamento. Figuras emblemáticas como Holmes Trujillo y Balcázar Monzón, fallecido el uno y retirado el otro, todavía tenían seguidores y aliados políticos. En 1992 era presidente César Gaviria.Faltaba un tiempo para que comenzara la eterna intervención de Emcali, para el ocaso del grupo Niche, para el secuestro de la iglesia de la María, para la persecución y captura de los Rodríguez Orejuela, para la quiebra de Emsirva. Pablo Escobar era una amenaza potencial, al igual que el ELN, las Farc y otras tres o cuatro guerrillas, que quizás todavía no traficaban con cocaína. De lo que llegarían a ser los actuales grupos paramilitares, apenas se hablaba por los lados de Urabá y Córdoba.No existían internet ni los celulares. El televisor servía para ver el Canal A, la Cadena Uno, Telepacífico, películas en VHS o señal de parabólica. Se podía ir a cine al Calima, Imbanaco, el Bolívar, los Cinemas y el Cid, entre otros. La oferta gastronómica y hotelera era vergonzosamente exigua y la Feria consistía básicamente en una cabalgata multitudinaria y desordenada, diez corridas y dos conciertos de salsa en el Estadio. Había menos centros comerciales y más barrios residenciales.No voy a caer en la frase de cajón de que Cali era mejor. Sólo era distinta esa ciudad que me acogió hace dieciocho años, adonde llegué a quedarme “sólo por dos años” y de la que me voy en este septiembre frío y lluvioso, con una mujer y dos hijas caleñas, con mucha nostalgia y mucho agradecimiento.

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