Los olivos

Septiembre 13, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Estuve en Villa de Leyva y pude ver los viejos árboles de aceitunas sembrados en frente del observatorio astronómico muisca llamado El infiernillo.Sabía de estos olivos por lecturas desordenadas –como son la mayoría de mis lecturas- y sabía también que eran únicos en Colombia. Y que sobrevivieron pese a la prohibición de la Corona para que se sembraran en sus colonias americanas, como sucedió con la Cédula Real del 17 de marzo de 1774, promulgada por Carlos IV. Y que también sobrevivieron a la orden dada a virreyes para que destruyeran los olivares que fue emitida en 1777.Se trata, entonces, de sobrevivientes. En Villa de Leyva hay dos lotes de estos árboles longevos. Uno cerca de la entrada del pueblo, llegando de Sutamarchán que, según la escritora Tina Alarcón, contiene árboles de 400 años de antigüedad. El otro, el referido cerca del bosque de falos de piedra erigido por los muiscas antes de la llegada de los españoles. Éstos parece que se acercan a los 200 años.Pero se están muriendo. Han sido atacados por un hongo que los agricultores de la zona no pueden controlar y nadie parece saber qué hacer. Están abandonados, y contemplar a estos tenaces sobrevivientes, enfermos y solitarios, produce pena. Creo que sería una tragedia nacional si permitiéramos que estos olivos mueran.Lo sería, no sólo porque ellos son un patrimonio genético de la nación, sino también un testimonio de que los españoles asentados en estas tierras, y sus descendientes, manifestaron desde muy temprano un espíritu criollo, que los llevó a ser altivos y a no acatar órdenes absurdas emanadas de los lejanos reyes peninsulares. Ese hálito de criollaje ya se manifestaba en las páginas de El Carnero, la divertida obra del tunjano Rodríguez Freyle. Los olivos son testimonio vivo de aquella época remota y símbolo de la tenacidad, pues han sido capaces de fructificar aferrados a aquel terruño árido, seco y de fuertes vientos nocturnos. Son la vida del erial andino de clima mediterráneo.Creo que los colombianos somos más ricos al saber que hay olivos floreciendo en Villa de Leyva; que ellos producen una aceituna singular, pequeña y sápida; y que viejas campesinas de los campos boyacenses han desarrollado una técnica propia para extraer un limpio, brillante, transparente y muy puro aceite virgen.Algo hay que hacer por los olivos de Villa de Leyva. No sé muy bien qué, pero éste es un tema de la cultura. Desde luego de la agro-cultura, pero sobre todo de un tipo de patrimonio que se liga al alma nacional. Y también un tema de la cocina, esa esencia de la cultura.La miseria del alma, que es la peor de las miserias, consiste de manera especial en abandonar a su suerte aquello que lucha por sobrevivir en medio de grandes dificultades, también en abandonar las cosas valiosas que nos han legado nuestros ancestros.Este no es un tema de regiones, sino una piedra de toque para sentirnos colombianos, sea eso lo que fuere. ¡Salvemos los olivos de Villa de Leyva!

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