Libro desatendido

Libro desatendido

Septiembre 27, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

El sábado por la tarde me dirigí a la librería con el propósito de comprar el libro de Íngrid Betancourt sobre su secuestro.Estaba motivado por los buenos comentarios de Héctor Abad, a quien considero un referente serio en lo que respecta a la apreciación de la literatura. Me negaba a creer el comentario irónico que deslizó un día una inteligente amiga, para quien aquella crítica positiva debía tener su fuente en un pago sustancioso. ¿Abad en esas? Es paisa, sí, y ellos tienden a cambiarlo todo por dinero, pero también hay paisas que van a contracorriente de lo que es usual en Antioquia, y me ha parecido que Abad es uno de ellos.Además había leído la fuerte crítica que él le hizo a lo que llamó la “literatura del secuestro y el sicariato”, arrinconando aquellas páginas en el mismo basurero en el que debiera reposar la literatura de autoayuda, por lo que el elogio al libro de Íngrid, contrariando sus propias aseveraciones, sólo podía deberse a que de veras es un libro bueno. Al final cualquier tema sirve para hacer un buen libro, todo depende del autor. A veces, también, de la ocasión: hay épocas más propicias para ciertos temas.Cuando leí el capítulo publicado por Semana, en el que se narra un intento de fuga, creí más en el elogio de Abad, pues me pareció bien escrito, con buen ritmo y cierta cualidad trepidante. Aunque me molestó la ‘mala leche’ con la que se trata a Clara Rojas en ese episodio. Me surgió una duda.Pero me acabé de decidir luego de leer varias columnas en las que se recomienda no comprar el libro porque Íngrid es una mala persona. Eso me molestó. Nunca he leído un libro teniendo como referente las cualidades personales del autor, ni tampoco me he guiado por aquello a la hora de emitir un juicio. En particular no puedo entender por qué Gustavo Álvarez promueve un boicot contra el libro de Íngrid, por la razón de que ella le cae gorda. A mi también me cae gorda, pero ese es otro asunto.Por lo tanto, para contrariar a quienes así piensan, me llené de valor y salí a comprar el libro. Como lo esperaba, estaba expuesto a la vista, en lugar privilegiado de la Librería Nacional, al lado del vampirismo de moda, algo de autoayuda y mucho de esa literatura de secuestro y sicariato que Abad tanto odia. Por el contrario, el maravilloso ‘Dublinesca’ de Enrique Vila-Matas, tal vez el mejor escritor en lengua castellana de la actualidad, se encontraba refundido y medio escondido. Desde luego, lo compré, luego de leer el primer párrafo.Tomé el libro de Íngrid, lo abrí y, para mi asombro, la primera línea que leí dice que “Es una traducción del francés”. Me repugnó de inmediato. No por el francés, desde luego, una lengua que admiro y respeto, sobre todo cuando se trata de literatura y cocina. De hecho, siempre me he propuesto leer más francés del que ahora medio entiendo.Pero, ¿Íngrid no es colombiana? ¿Su drama en la selva no es profundamente colombiano? ¿No fue secuestrada por colombianos? ¿No la liberaron colombianos? ¿Por qué no nos escribió su libro en colombiano? ¿Acaso porque en las sombras se encuentra el talento de un buen escritor francés que no podía narrar esta historia en castellano?Como le rindo culto al valor de la autenticidad, devolví el libro a la estantería y me dije para mí mismo: pues bien, que se lo compren los franceses.Y me devolví para mi casa feliz, con el libro de Vila-Matas debajo del brazo.

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