La revisión

Julio 08, 2013 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Celebro que el Presidente de la academia de Historia del Valle, Luis Antonio Cuéllar, se haya ocupado de mi columna relacionada con los sucesos del 3 de julio de 1810 en Cali.En especial porque él concluye: “Que no hubo Grito de Independencia en el Acta (del 3 de julio), estamos de acuerdo”. ¡Bravo!, aunque se trata de algo obvio, basta leer el texto del acta del 3 de julio para enterarse y llegar a esa conclusión sin mayor esfuerzo. Lo más importante, sin embargo, está por venir: revisar los escritos de los académicos que dieron origen a esa mitología independentista, comenzando por la obra de Demetrio García Vásquez. Al menos el Presidente de la academia, luego de aceptar que no hubo tal grito de independencia en Cali el 3 de julio de 1810, está obligado a ello.Entre otras cosas porque él, en su escrito, desliza una sospecha, o mejor, plantea una hipótesis que no prueba, según la cual, los cabildantes de Cali en 1810 no se atrevieron a declarar la independencia por temor a represalias de las autoridades españolas. Ellos querían la independencia, pero temían por su vida y la de sus familias. Habría sido “una insensatez temeraria”, afirma.Pero la verdad es que luego de la batalla del Bajo Palacé, rota toda posibilidad de entendimiento con el gobernador Tacón, tras varios muertos y abundante sangre de por medio, los criollos de Cali y el valle del río Cauca continuaron jurando fidelidad a Fernando VII, lealtad a la Corona y adhesión a España. Así consta en todas las actas suscritas por la Junta de Ciudades Confederadas. Y en el testamento de Joaquín de Caycedo, escrito en Pasto antes de su fusilamiento, él proclama que siempre fue y que morirá siendo realista y fiel a Fernando VII. Quedan, además, muchas de sus cartas para confirmarlo.Así que, en sentido estricto, batallas como la del Bajo Palacé no fueron una batalla por la Independencia, sino el enfrentamiento entre dos bandos realistas, unos de ellos autonomistas y otros ‘regentistas’, pero ambos jurando fidelidad a la corona española. Los que combatieron al gobernador Miguel Tacón se sentían “tan españoles como los hijos de Don Pelayo” como lo afirmó Camilo Torres en el Memorial de Agravios. Ellos buscaban acceder a los privilegios y prerrogativas que estaban reservadas para los nacidos en la Península, pero querían seguir ligados a España, pues se sentían españoles y no criollos.Ahora bien, este malestar de los descendientes de españoles nacidos en América y su oposición a los funcionarios de la Corona, fue importante para la Independencia, pues quebró la unidad de mando del imperio español en América. El dominio de los españoles no se fundaba en el mantenimiento de un ejército de invasión, sino en la lealtad de los descendientes de españoles que conformaban la élite social y económica de los virreinatos.El malestar de esta élite que, para nuestro caso comenzó en Quito en agosto de 1809, siguió en Tuluá en septiembre de 1809 (aquí no fue la élite sino dos humildes afrodescendientes), continuó en Funes (Nariño) y Tumaco, luego pasó a Cartagena en junio de 1810, Cali el 3 de julio, El Socorro poco después, hasta llegar a Santa Fe el 20 de julio, tomó la forma de movimientos autonomistas, en los que ni se declaró, ni se pensaba en declarar Independencia alguna.Me alegra el acuerdo sobre esta materia, así haya muchas otras cosas de nuestra historia por revisar. Ya habrá oportunidad de hacerlo.

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