La Herencia

Marzo 11, 2013 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Hace más de una década, hacia el año 2001, vi llegar a Begner Vázquez, a William Angulo y a los demás integrantes del grupo Herencia de Timbiquí, en compañía de Aureliano, el alcalde de ese pueblo del Pacífico por entonces, a mi casa en el barrio San Antonio.Eran muy jóvenes y estaban llenos de ilusiones. Con Gualajo y otros amigos del Pacífico, armaron una fiesta de marimbas y tambores, mientras los tragos de ‘vichiriña’ –una mezcla de viche, azúcar, limón y mucho hielo, similar a la caipirinha carioca- hacían de las suyas. Esa noche supe de sus anhelos y de su inquebrantable decisión de radicarse en Cali para labrarse un futuro con la música.Ese mismo año fueron una sorpresa en el Festival de Música del Pacífico ‘Petronio Álvarez’, al clasificar a la final en una de las categorías más complejas, agrupación libre. Desde entonces han sido uno de los grupos favoritos del Festival, al que acudieron una y otra vez, sin desmayo, hasta que lograron ganar el Festival en esa categoría que parece reservada tan sólo para grandes músicos. Estos adolescentes -en el 2001- tuvieron que soportar el duro cambio que implica la vida en una ciudad como Cali, luego de estar inmersos en el mundo rural de su Timbiquí natal. Pasaron de una atmósfera sonora dominada por el rumor del viento al surcar las arboledas, el canto de las aves en las madrugadas y el rítmico vaivén de las olas en la bocana del río –lo que los definió musicalmente- a la rudeza de los sonidos urbanos, frenos de aire, ulular de ambulancias, pitos enfurecidos de conductores angustiados, chirriar de máquinas y herramientas en talleres y fábricas, etc., lo cual les entregó otra perspectiva de la existencia.Se adaptaron a las exigencias, muchas veces desalmadas de la vida urbana. Metidos en el universo musical de la ciudad y en contacto con intérpretes de multitud de instrumentos desconocidos y géneros musicales procedentes de todas partes del mundo, pronto entendieron que debían complementar su formación tradicional con el estudio académico. Así lo hicieron.Y trabajaron duro, muchas veces sin paga. Cantaron en bares, pequeños espacios familiares, fiestas de ocasión y a veces en festivales en grandes plazas o eventos públicos a los que tenían la fortuna de ser invitados. Nunca se negaron a un toque, así estuvieran mal pagos. Sabían que era la forma de darse a conocer y tener la oportunidad de comparar su arte y su nivel con otras agrupaciones inclinadas a diversas músicas. Y en ese periplo entendieron que lo suyo, su herencia musical, no tenía nada que envidiarle a ninguna música del mundo.Pero tampoco sufrieron de idiotez aldeana. Comprendieron que la música es un lenguaje universal y aprovecharon lo bueno que les podían brindar las expresiones musicales de otros pueblos para engrandecer su herencia. Así se convirtieron en uno de los mejores grupos de música popular de Colombia.Por eso no fue extraño que resultaran ser el único grupo musical colombiano invitado a participar en el Festival de Jazz de Montreaux, uno de los eventos musicales más importantes. O que ganaran la Gaviota de Plata en la competencia de grupos folclóricos en Viña del Mar, en Chile, hace algunos días.Hoy son un orgullo nacional. A 12 años de aquella noche encantada en el barrio San Antonio, tengo la seguridad de que el viaje de Herencia apenas está a mitad de camino. Su límite es el mundo.

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