Jóvenes ociosos

Jóvenes ociosos

Enero 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Una amiga, trabajadora social de la Universidad del Valle, me contó lo siguiente:“Me dediqué a observar a los niños y jóvenes de mi barrio, en la periferia del Oriente caleño, donde todo escasea.Pronto me di cuenta de que grupos numerosos de ellos se reunían alrededor de las 8 de la mañana en las esquinas. Eran casi unos niños, casi ninguno superaba los 16 años. Cuando les pregunté por qué no estaban en la escuela o colegio, supe que habían abandonado los estudios muy temprano, presionados por sus padres que los impulsaban a “salir a trabajar”.Y era lo que hacían. Sólo que “salir a trabajar” para ellos significaba otra cosa. Se repartían en parejas y cada una de ellas se dirigía al occidente o sur de Cali “a los barrios de los ricos”, que podían ser casi cualquier barrio de la ciudad que no tuviera las carencias del suyo, donde se dedicaban a robar todo aquello que estuviera a su alcance: espejos retrovisores, llantas de repuesto, bicicletas, en fin cualquier cosa que tuviera algún valor y que veían descuidada por sus dueños o sin algún tipo de vigilancia. Algunas parejas, más avezadas, armadas con cuchillos, atracaban a empleadas, estudiantes en camino al colegio, o mayores que transitan solos por las calles.Al caer el día, estos adolescentes se reunían de nuevo en la misma esquina de donde habían salido, para contarse unos a otros sus triunfos o reveses. Saben quién les compra lo robado y en sus casas, al menos en aquellas donde el asunto importa, dicen que están trabajando en la galería Santa Elena, o en el Terminal de Transporte o en cualquier sitio donde se presuma que un joven puede acarrear cosas a cambio de un pago”. Así se crea y se reproduce toda una escuela del delito en la ciudad.¿Qué hacer con estos niños? Responder a esta pregunta es complicado, porque no hay una sola cosa por hacer, sino muchas. Comenzando por la más tierna infancia, cuando aún no están para los menesteres reseñados, y requieren de jardines infantiles públicos donde aprendan a convivir con otros, desarrollen su potencial de aprendizaje y puedan recibir una alimentación que les garantice la mejor salud posible. Desde luego, que les permita a sus padres, casi siempre a su madre soltera, salir a trabajar tranquila, sabiendo que sus hijos están en buenas manos.Liderazgo comunitario, que los vincule a actividades deportivas o artísticas, con las que puedan desfogar energías, alcanzar nuevas formas de convivencia y desarrollar destrezas asociadas a valores, que les permitan enorgullecerse de cosas diferentes a las acostumbradas en la vida de la periferia.Desde luego, en estas instancias resulta decisiva la participación del Estado, desarrollando iniciativas, contratando personal idóneo y premiando a los muchachos y muchachas que se destaquen por sus logros académicos, deportivos o artísticos.Los jóvenes deben estar ocupados y deben saber que sus esfuerzos serán retribuidos por las autoridades y los dirigentes de la ciudad. Para ello las secretarías del despacho municipal deban unirse a multitud de organizaciones comunitarias y personas que conocen de cerca la realidad y están dispuestas a transformarla.“Trabajar con la gente” se le llama a esto, y nada tiene que ver con intrigas políticas, obras de relumbrón o tráficos de influencias. Es otra cosa, es política digna y con garantías de éxito.Y es la única que vale la pena.

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