Física

Junio 23, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Decía el profesor italiano Umberto Eco el otro día que los ciudadanos de hoy estamos tan desbordados por el tiempo presente, globalizado e instantáneo, que ya no nos cabe el pasado en ningún lugar de la cabeza. Por eso hay quienes tienen la impresión de que la tecnología, la electrónica y la ciencia brotaron mágica y súbitamente de unas mentes esclarecidas y brillantes (casi siempre localizadas en Europa y Estados Unidos), sin sudor ni tropiezos.Sin embargo, la historia de la Física, la más importante y famosa de las ciencias exactas, está llena de incidentes tremendamente humanos, que contrastan con su buena imagen de precisión y frialdad. El voltio, con el que medimos el potencial eléctrico, debe su nombre a un traidor de los patriotas italianos en épocas de Napoleón, cuyos aportes científicos fueron mínimos en comparación con los de un inglés que sabía mucho más de Física y explicó el fenómeno en los términos en que todavía hoy lo conocemos.Cuando las tropas francesas ocuparon a Italia, a comienzos del Siglo XIX, don Alejandro Volta, que solía experimentar con electricidad metiéndose dos discos de metal en la boca, celebró la invasión y llamó ‘libertador’ a Napoleón. Años después, cuando en París se reunieron los científicos a ponerles nombres a los nuevos hallazgos, escogieron su apellido y no el de Michael Faraday para medir la corriente que hoy en día nos llega de a 110 unidades a nuestras casas.Samuel Morse, famoso durante decenios por crear el alfabeto que usaban los telegrafistas, fue un artista frustrado, racista y xenófobo, y se candidatizó sin éxito para la alcaldía de Nueva York para acabar con la amenaza de los negros, los jesuitas y los judíos. Las patentes que disfrutó y lo hicieron multimillonario fueron producto de un robo a un honorable profesor de la que más tarde sería la Universidad de Princeton, llamado Joseph Henry, quien murió pobre y casi ignorado. La historia se lo cobró caro, pues la electrificación de Estados Unidos atrajo a millones de todos esos inmigrantes a los que Morse tanto odiaba.Alexander Graham Bell inventó un aparato para comunicarse con su novia Mabel Hubbard, sorda de nacimiento, de quien inicialmente fue profesor. Le quedó tan bien inventado el aparato que todavía lo utilizamos, sólo que con el nombre de teléfono. Bell era sensible al tema porque su propia madre también había sido sorda.Y el precursor de los programas de computador, el inglés Alan Turing, se suicidó en 1954, con sólo 42 años de edad, cuando se hizo pública su condición de homosexual. Por pura mala suerte no alcanzó a conocer los transistores, descubiertos pocos años antes en Estados Unidos, los cuales le habrían permitido vislumbrar los aparatos que pondrían a prueba sus teorías sobre las ‘máquinas pensantes’.Hay, en fin, decenas de razones muy humanas detrás de los descubrimientos científicos y conocerlos puede enriquecer la visión que tenemos de muchos de esos personajes que las enciclopedias suelen retratar muy despercudidos y asépticos. Por eso recomiendo un vistazo al libro ‘Electric Universe’, del profesor David Bodanis, de la Universidad de Oxford, fuente principal de esta columna.

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