Fabio Melecio Palacios

Febrero 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Nació en Barbacoas hace 36 años. Los primeros 5 años de su vida se vió arrullado por el rumor del río Telembí y los cantos de las aves silvestres en los montes circundantes. Fue una infancia feliz, pese a las privaciones y la pobreza.Estas mismas circunstancias impulsaron a su padre a trasladarse al Valle del Cauca, para buscarse el sustento en uno de los oficios más exigentes del mundo: cortero de caña. Con él su familia, entre la que se contaba el pequeño Fabio Melecio.Vió a su padre afilar el machete todas las mañanas, antes de trasladarse al corte, y llegar agotado a la casa, cuando caía el sol. También lo vió trastearse de ingenio en ingenio, pues el trabajo nunca era estable. Y vió a muchos hombres más dedicarse al mismo trabajo agobiante y pasar penurias a fin de mes, porque la plata de los salarios no alcanzaba.Por fortuna encontró en el dibujo y en los talleres que se dictaban en la Casa de la Cultura de Palmira, un espacio para dar rienda suelta a su creatividad y salida a su talento. Complementó aquello con estudios formales de artes plásticas en el Instituto Departamental de Bellas Artes, en Cali y también se empleó como obrero en una fábrica de icopor en Palmira, la ciudad donde reside.Con algo de formación académica por su paso por el Idba y mucho de autodidacta, fue atraído por la obra conmovedora y la vida azarosa de Vincent van Gogh. Participó en algunas convocatorias artísticas, con buen suceso. Entre ellas los Salones regionales de Arte, el Salón de Octubre y los Festivales de Performance en Cali. Pero no podía dejar de escuchar los sonidos de los machetes al ser afilados por los corteros de caña, cuando salía el sol. Metal contra piedra, en una melodía estremecedora.Aquellos sonidos íntimos, que le pertenecían porque eran los que su padre hacía antes de salir a trabajar, finalmente se impusieron y lo llevaron a componer una obra que llamó Bamba 45, y que alude al pesado machete que acompaña a los corteros. De allí, de un sonido ancestral y de una idea persistente, trabajada durante años, viene la obra BMR (Bamba, Martillo y Refilón) con la que Fabio Melecio Palacios logró varios milagros: ser escogido como finalista del Premio Luis Caballero, para muchos críticos el más importante del país en el terreno de las artes, y luego ser el ganador absoluto, poniendo de acuerdo a todo el mundo. Un orgulloso Fabio M. Palacios recibió el pasado 16 de diciembre de 2011 el galardón principal. Con ello se convirtió en el primer vallecaucano en ganar el prestigioso premio y también en el primer afrodescendiente en hacerlo. Comenzó a escribir historia en el mundo de las artes visuales colombianas.A mi manera de ver, éste fue el acontecimiento cultural más importante del año que pasó, en Colombia. Y, aunque lo sabemos barbacoano, es un síntoma de que el arte vallecaucano tiene el potencial suficiente para volver a la vanguardia artística del país, como ya lo hizo en las décadas encantadas de 1950 y 1960, con María Therereza Negreiros, Lucy y Hernando Tejada, Jan Bartelsman y Omar Rayo, entre otros.Ya teníamos a Oscar Muñoz, uno de los mejores del mundo, y ahora tenemos además a Fabio M. Palacios, uno de los mejores de Colombia.Ojalá las principales galerías de Cali, entre ellas La Tertulia, nos den la oportunidad de apreciar Bamba, Martillo y Refilón, en las mejores condiciones.

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