El perdón

Octubre 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

El presidente Juan Manuel Santos pidió este viernes perdón a los pueblos indígenas de la cuenca amazónica del país que hace un siglo fueron víctimas de una matanza a manos de la empresa cauchera del peruano Julio César Arana. Aunque las informaciones hablan de una masacre ocurrida en La Chorrera en 1912, en sentido estricto no se trató de un evento, sino de una acción genocida continuada que se inició en la década de 1890 y culminó alrededor de 1930, en la que murieron alrededor de 80 mil personas, la mayoría de ellas miembros de las comunidades indígenas que poblaban la margen norte del río Putumayo y sus afluentes colombianos, en especial de la etnia huitoto.La primera mención de este acontecimiento terrible se la debemos a un joven ingeniero estadounidense, Walter Handerburg, quien llegó a Buenaventura para trabajar en la construcción del Ferrocarril del Pacífico y que desde allí se trasladó al Amazonas con el objeto de vincularse al proyecto ferroviario Madeira-Mamoré. Este joven llegó al sitio de La Unión, un embarcadero de caucho de propiedad colombiana en las márgenes del río Caraparaná, en el mismo instante en que era atacado por una fuerza combinada de matones de Arana y tropas del ejército peruano. Aquello sucedió en 1908.Para entonces Julio César Arana ya había decidido hacerse con las tierras que se encuentran entre el río Putumayo y el río Caquetá, expulsando de allí a todos los caucheros colombianos, o asesinándolos, para consolidar su imperio de seis millones de hectáreas y, sobre todo, de los indios que las poblaban. En 1905 ya había comprado la bodega cauchera de La Chorrera, a su socio Benjamín Larrañaga, quien a su vez había trabajado en las explotaciones y comercio de quina del entonces presidente Rafael Reyes, quien había vivido de primera mano los horrores de lo sucedido en el Putumayo.Reyes había suscrito un acuerdo de modus vivendi con el gobierno peruano por el que sometía la decisión sobre la pertenencia de las tierras entre el Putumayo y el Caquetá a un laudo papal, en el que se establecía que, en el entretanto, todas las guarniciones militares abandonarían la zona. Desde luego, esto facilitó la labor de los matones de Arana, que se adueñaron sin oposición del vasto territorio, esclavizando a los indios y expulsando a los mestizos colombianos. Reyes fue acusado de “traición a la patria”.El método establecido por Arana y sus matones, descrito por José Eustacio Rivera en La Vorágine, consistía en endeudar a los indios entregándoles artículos esenciales, cuchillos, machetes, hachas, ropa, botas, etc. a precios exorbitantes, que le pagaban con caucho, cotizado a precios irrisorios. Los indios quedaban endeudados de por vida y la cuenta se cobraba, si era preciso, con sangre. En ninguna parte del mundo se vivió tanto horror, tanto dolor y tanta barbarie como en el Putumayo colombiano cuando estuvo bajo el dominio de Julio César Arana.Walter handerburg lo escribió en un libro titulado El paraíso del Diablo, y Roger Casement, el explorador del Congo, lo confirmó cuando fue enviado por el gobierno británico a investigar aquellas denuncias. El historiador argentino Ovidio Lagos ha escrito este drama en una obra que todo colombiano debiera leer (http://www.ovidiolagos.com/Arana2.pdf).Por eso entendería a los huitotos si nunca nos perdonan.

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