El fracaso

El fracaso

Septiembre 05, 2011 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Hace poco una periodista radicada en Bogotá me preguntó por las razones que explicaban el hecho de que los caleños hubieran elegido alcaldes de ingrata recordación como Jhon Maro Rodríguez y Apolinar Salcedo, y un “desconocido” hubiera derrotado a Francisco José Lloreda.Apelé a una idea que me ha rondado por la cabeza desde hace años: las elites sociales y económicas de Cali fracasaron a la hora de resolver los problemas de crecimiento de la comunidad caleña. Y fracasaron hace rato, al menos desde la década de 1950. Y además lo hicieron porque colocaron en primer lugar de su interés el negocio antes que el bien común.Debe recordarse que en esa década Cali era la segunda ciudad con mayor promedio de crecimiento poblacional en América Latina, después de Sao Paulo, con lo que una urbanización acelerada y desordenada amenazaba al tranquilo y bello poblado. Expertos traídos por la Facultad de Administración de la Universidad del Valle lo advirtieron: si la ciudad no logra detener el flujo descontrolado de crecimiento tendrá un futuro signado por graves problemas.Incluso llamaron la atención sobre el hecho de que Cali estuviera situada en medio de un conjunto de pequeñas ciudades cercanas y recomendaron planificar el crecimiento de vivienda en ellas, al mismo tiempo que se creaba un buen sistema de transporte público y de servicios básicos, para que la gente que llegaba por hordas a Cali pudiera vivir en Yumbo, Jamundí, Puerto Tejada, Candelaria, Vijes y Palmira (aún en Pradera y Florida). Nada de aquello se hizo.Las elites caleñas, emparentadas con hacendados que poseían terrenos enormes alrededor de la ciudad, vieron en esa circunstancia una oportunidad para valorizar haciendas de escaso o nulo futuro agropecuario, y eligieron expandir la ciudad, bien hacia el sur, bien hacia las madreviejas y pantanos insalubres del oriente. Lo que importaba era el negocio de vender tierras por metro cuadrado antes que por plazas o hectáreas, sobre todo cuando esas plazas o hectáreas no valían mayor cosa.Además, desde antes, las ‘mejores’ familias caleñas se habían apropiado de terrenos ejidos, con lo que la disponibilidad de tierras para construir se limitaba a bienes privados que pudieran venderse a precios superiores al de su tradicional uso agropecuario. Nuestros ‘famosos’ alcaldes de las décadas del 50 y 60 se prestaron para aquel estropicio y contribuyeron a la explosión demográfica de Cali, cuyas consecuencias pagamos hoy con especial dureza.Nada alcanza. No hay suficientes vías, los servicios públicos están colapsados, los hospitales quebrados, la vivienda de interés social no existe, los cupos educativos son insuficientes, no hay educación inicial pública, a la universitaria acceden unos cuantos, no hay empleo y mucha gente tiene que salir a los semáforos a buscarse el almuerzo de cada día.Un desastre, pero un desastre creado por los dirigentes caleños. Por eso el pueblo de la ciudad es tan díscolo a la hora de votar. No cree en nadie, y no le falta razón en ese escepticismo.P.D. Quiero recordarle al senador López lo que pasó con las firmas recogidas por su movimiento para revocar el mandato del actual alcalde: radicaron 133 mil firmas, pero en el proceso de revisión, 120 mil fueron descalificadas por falsas e inconsistentes, según la Registraduría. “El que tiene rabo de paja no se acerca a la candela”.

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