Cosas que sorprenden

Marzo 07, 2011 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Como lo escribió Fernando Guillén en su inolvidable libro ‘Poder político en Colombia’, uno de los fenómenos más sorprendentes del país es la supervivencia del poder hacendatario en el Estado colombiano.No importa lo sucedido: Colombia puede haber pasado de ser un país rural a uno urbano; las ciudades pesar mucho más que el campo; la riqueza nacional generarse en las manufacturas antes que en la artesanía o la labranza; en fin, las muchedumbres vivir en medio de la experiencia ciudadana y no en la soledad de las veredas; pese a todo ello, el poder hacendatario, con su espíritu propio de la época de las encomiendas, con su imagen patriarcal del mundo y con todos sus prejuicios sobre las cosas, sigue determinando, si no toda, al menos buena parte de la política colombiana.Eso explica lo que asombraba a Mario Fernando Prado hace unos días: el apoyo del que aún goza Álvaro Uribe, pese a todas las evidencias de cuan perverso fue, en especial, su segundo período presidencial. La Nación sigue asfixiada por el poder hacendatario, ese que aún cree en blasones, en buenas y malas familias –las malas son las que no poseen tierras y capital-, en herencias de sangre, en dignidades de protocolo, en el orden primero que en la libertad, en la seguridad antes que en la democracia, y en la palabra del señor de la hacienda por encima de todas las cosas. Así en Colombia, donde por décadas y tal vez por una centuria, no ha sido posible hacer una reforma agraria pese a toda la evidencia que indica que una medida de esas es apenas lógica para garantizar el desarrollo del país y la democratización de la sociedad. No le fue posible a Tomás Cipriano Mosquera, no se propuso en la larga República Conservadora, fracasó en el intento López Pumarejo y Carlos Lleras terminó entregándola en el tristemente célebre Pacto de Chicoral. Y Santos, el actual, está recibiendo toda la oposición del poder hacendatario por una Ley de Tierras que no tiene asomos de reforma agraria, sino apenas de restitución de derechos.Como tampoco ha sido posible una reforma educativa que privilegie a la educación pública, también pese a las pruebas que muestran que las sociedades mejor educadas del mundo, como la finlandesa, la surcoreana, la japonesa y la china, para mencionar a los países que obtuvieron los mejores puntajes por la calidad de su educación, tienen en común la fortaleza de su sistema de educación pública. Aquí hemos involucionado creando un sistema híbrido en el que las mejores oportunidades de educarse pertenecen al reducido grupo de quienes puedan pagarse una costosa educación privada. Al poder hacendatario no le interesa que los jóvenes de las malas familias puedan competir con sus retoños en el terreno del conocimiento. Para esta férula las universidades públicas son un incordio, sobre todo porque superan en calidad de oferta educativa a las universidades privadas.En Colombia muchas cosas sorprenden: la última, y de ahora, es que los periodistas sigan creyendo que la noticia es que un hombre muerda a un perro y no que un perro muerda a un hombre. Por eso echan las campanas al vuelo con el drama de la lechuza de Barranquilla, pero silenciaron sus plumas y gargantas cuando fue asesinada Yolanda Izquierdo, la líder campesina que reclamaba la devolución de las tierras usurpadas por paramilitares. Eso no era noticia. Vaya sorpresa.

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