Cine en 3D

Julio 07, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Tiene razón mi amigo Jerónimo cuando dice que el cine en 3D -‘tercera dimensión’- tampoco va a ser la salvación definitiva para un medio de entretenimiento agobiado por la piratería y la descarga ilegal de películas. También acierta cuando critica el uso y abuso de los efectos especiales, que han llegado a tal punto, que según él en Hollywood se hacen cada vez más películas para los efectos, en lugar de crear efectos para las películas. Dice la verdad cuando asegura que cada vez hay más actores al servicio de la cámara que a la inversa, como debería ser.Estoy de acuerdo, así mismo, con su afirmación de que son las historias, y no la tecnología, las que deberían tener la mayor importancia en las películas. Al fin y al cabo, la magia del cine estuvo siempre en la capacidad de hacer soñar a los espectadores sentados dentro de una sala oscura, en una experiencia colectiva comparable con muy pocas, y no solamente en los trucos y artificios.Sin embargo, creo que se equivoca mi amigo Jerónimo Rivera, cuando decide confiar en que la industria cinematográfica un día va a entender que a todos lo que en verdad nos gusta es que nos cuenten historias y por eso va a dejar de lado el despliegue tecnológico. Eso sencillamente no va a ocurrir y la prueba está en que ya se consiguen televisores en 3D, destinatarios naturales de esas películas con las que los grandes estudios, con sus chequeras gordas, quieren atraer espectadores a las salas.En ese aspecto, no va a cambiar en nada lo que ha venido ocurriendo desde los años 50 hasta hoy: todas las obras que se producen para la pantalla grande van a dar en últimas a la pantalla chica. El fenómeno comenzó paulatino y tímido, sobre todo porque las del ‘séptimo arte’ se preciaban de utilizar planos muy abiertos y largas escenas sin diálogos, que funcionaban bien en una tela gigante vista a oscuras y muy mal en una pantallita borrosa y de mal sonido, más acostumbrada a los rostros y las conversaciones continuas.Del declive del cine hay pruebas casi por donde se mire, pero tan sólo ofreceré dos. La capacidad instalada: en Colombia hay actualmente 123.000 sillas, distribuidas en menos de 600 salas de 43 municipios (aunque Barranquilla, Bogotá, Cali y Medellín concentran el 70%). Una generación atrás, en 1978, el país contaba con 400.000 sillas en 715 salas. Era un país mucho más pequeño, con sólo 23 millones de habitantes, y no solamente tenía casi el cuádruple de sillas, sino que había teatros activos en 802 municipios.Y por otro lado, la asistencia a las salas: en el año 2008, la última cifra disponible, en Colombia se vendió la misma cantidad de boletas que en 1995, es decir 21 millones de entradas. En trece años, la población del país creció en seis millones de habitantes, pero el número de personas que asistió a cine permaneció congelado.Los sospechosos usuales de causar el fenómeno son la piratería y el agotamiento de las historias, pero también deberíamos apuntar que asistir a una película en una sala tiene evidentes desventajas frente verla en casa: suenan los celulares, la gente come, algunos comentan en voz alta, no se puede detener o retroceder la película, hay qué desplazarse y llegar a tiempo, entre otras. Pero claro, es que cuando mi amigo Jerónimo escribe en la revista El Clavo lo hace con ese amor que nubla la razón.

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