Ciencia

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Octubre 13, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

El científico más famoso del mundo, Stephen Hawking, declaró el mes pasado en su libro ‘El gran diseño’ que ya no necesitamos a Dios para explicar el origen del universo. Según él, la sola fuerza de la gravedad es suficiente para que todo lo que conocemos se pudiera crear a sí mismo, partiendo de la nada.Por decir algo así en la Edad Media, al señor Hawking lo habrían quemado, en público, en una pira muy grande, con todos sus libros y pertenencias. Hoy, no pasa de un titular de prensa y un puñado de artículos que compiten contra temas más mundanos como la caída del dólar, los escándalos de los deportistas o los estrenos del cine.Y eso que a la nueva teoría parece faltarle lógica: la gravedad es la fuerza que ejerce el planeta Tierra sobre los objetos situados en su superficie o cerca de ella, así que cuesta trabajo entender cómo de esa realidad física se pudo originar espontáneamente el universo.En un libro anterior, ‘Breve historia del tiempo’, Hawking todavía no descartaba a Dios (con mayúscula en el original) y más bien recomendaba que científicos, filósofos y ciudadanos del común tomáramos parte en las discusiones sobre el origen y la existencia del universo, de modo que pudiéramos llegar a la cima de la razón humana: conocer la mente divina.Su nueva argumentación es radicalmente diferente. Ahora dice que la diferencia más importante entre la religión y la ciencia es que la primera está basada en la autoridad, y la segunda en la observación y la razón. Así las cosas, el universo fue alguna vez una partícula pequeñísima y densa que explotó y no ha cesado de expandirse.Así aparecieron planetas, estrellas y agujeros negros. El resto de la historia, la de los seres vivos, ya nos la había contado en el Siglo XIX otro británico (filósofo y no biólogo como podría creerse), de nombre Charles Darwin, uno de cuyos postulados es el de la supervivencia del más apto: las especies vivas de este planeta situado en un rincón de una galaxia casi insignificante se han ido perfeccionando gracias a la descendencia de los más fuertes.A Darwin también se le podrían hacer reparos. ¿No sobreviven también los individuos y las especies débiles? ¿Qué nombre se le podría poner a ese otro fenómeno? (El escritor colombiano Fernando Vallejo propuso llamarlo ‘selección antinatural’) ¿Y cuando se cruzan un individuo apto y uno débil, cómo se puede catalogar la descendencia?Las explicaciones darwinianas sobre el desarrollo gradual de ciertas partes del cuerpo de los animales, para permitir la adaptación al entorno, también son un poco cojas. Se supone que la jirafa desarrolló poco a poco un cuello muy largo, para poderse alimentar de follajes altos del bosque. ¿Y qué comían sus ancestros de cuello corto? ¿Ramas bajitas o se morían de hambre?Menciono el ejemplo de la jirafa porque lo trae el propio Darwin en su libro más difundido. Tratemos de aplicarle la misma lógica al camello: ¿Por qué se le estiró el cuello, si vive en el desierto? ¿Y cómo sobrevivían los elefantes antes de que les creciera la trompa?El problema de la lógica de algunos científicos es que no se puede aplicar a fondo. Si lo hiciéramos, deberíamos empezar a cuestionar la medicina, esa rama de la ciencia especializada en prolongar y salvar la vida de los individuos más débiles de la especie más destructiva de este planeta.

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