Avión

Septiembre 01, 2010 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

A los 73 años de edad, don José Darío O. montó por primera vez en su vida en un avión grande. Hace unas seis décadas había viajado en una avioneta de Planadas a Neiva, en el Huila, cuando el pasaje costaba 20 pesos. Viajar al lado suyo a Bogotá, la semana pasada, y ser testigo de sus comentarios y reacciones, fue una de esas experiencias de vida que le recuerdan a uno el contraste que existe no sólo entre las generaciones sino, sobre todo, entre el campo y la ciudad.Don José Darío cultiva la tierra en su finca de Algeciras, Huila, donde se da no sólo café sino distintas frutas y hortalizas. Antes de abordar el vuelo a Bogotá, donde fuimos vecinos de silla, había viajado 10 horas en un bus interdepartamental, desde su finca hasta Cali. Aquí, unos familiares lo embarcaron en un viaje aéreo de dos tramos con destino final a Valledupar.En un paraje de la carretera cuyo mal estado obligó a bajar drásticamente la velocidad, vio cómo un caco abrió el portaequipajes externo y se llevó sin problemas la maleta de una pasajera. Como él es de otra época, se levantó como pudo de su asiento y fue a avisarle al conductor, pero no obtuvo la menor reacción.Me contó que en el aeropuerto de Cali, en la requisa del muelle nacional, le decomisaron la navajita que tenía desde hace años en su mochila tejida, que no desamparaba ni un segundo, y que utilizaba para pelar frutas. Le pareció extraño que se la quitaran, porque en todos los retenes de carretera la Policía se la había dejado conservar durante todos estos años.Quería saber cuántos pasajeros cabían y también cuántos motores tenía el avión. Había escuchado sobre un nuevo modelo de jet al que le van a caber 800 personas y seguramente quería comparar tamaños. De todos modos, el Fokker en el que viajábamos la pareció grande. Creo que sintió alivio cuando le informé que todas las aeronaves comerciales tenían dos pilotos, uno de respaldo por si le pasaba algo al principal.La primera señal de que aquella era para él una experiencia única fue la extrañeza con la que cogió el cinturón de seguridad, al llegar a la silla. Una vecina de puesto le estaba indicando cómo ajustárselo, cuando llegué a ocupar mi asiento.La piel de la cara y de las manos delataba muchas horas de trabajo al sol, posiblemente usando herramientas de esas que los señoritos de ciudad no sabemos ni coger. Pero lo que más impactaba era la mirada, distinta a la de quienes vivimos sumergidos en paisajes urbanos de vidrio y cemento.Don José Darío permaneció tranquilo y discreto todo el trayecto. Al detenerse el avión en plataforma, ya en Eldorado, no tuvo inconvenientes para desabrochar el cinturón y transitar por el pasillo. El puente aéreo lo encontró muy moderno y se sorprendió mucho con las plataformas móviles y las escaleras eléctricas, que quizás no conocía.Me parece que quedó un poco preocupado cuando supo que la maleta no se la entregarían allí sino en Valledupar, pese a las explicaciones de la amable funcionaria de la aerolínea, que además le ofreció una silla de ruedas para trasladarlo al vehículo que lo conduciría al terminal grande. Me quedé pensando en don José Darío el resto de la semana y hoy quise rendirle un homenaje sencillo a ese campesino colombiano que montó por primera vez en un avión grande la semana pasada y transformó un viaje de rutina en una experiencia diferente.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad