Política de alcantarilla

Mayo 08, 2014 - 12:00 a.m. Por: Gerardo Quintero

La guerra sucia en las campañas por la presidencia ha demostrado lo peor de la política colombiana. La podredumbre que nos rodea es solo comparable con la bajeza de los trinos que acompañan a nuestros padres de la patria y sus áulicos.Atravesamos uno de los periodos más complejos de nuestra historia política, en la que las ansias de poder y los deseos de aniquilar al adversario a través de las escuchas ilegales, las mentiras, el terrorismo a través de las redes sociales y la propagación del miedo están pervirtiendo un sistema democrático, ya de por sí endeble como el nuestro.El caso del hacker Andrés Fernando Sepúlveda, un oscuro personaje, ligado a la campaña de Óscar Iván Zuluaga, y quien, de acuerdo con la Fiscalía, lideraba una oficina donde se habrían hecho interceptaciones ilegales cuya intención era sabotear al proceso de paz en La Habana, podría convertirse en una ‘sainete’ de incalculables proporciones, si se adelantara una investigación juiciosa que de verdad lograra llegar a ese lugar común en Colombia que se llama ‘hasta las últimas consecuencias’.Mucho tendrá que explicar este ingeniero, quien ya anunció a la Fiscalía su intención de colaborar con la justicia, ante las evidencias demostradas y la posibilidad de ser condenado a 25 años de prisión.¿A quién le vendían la información que bajaban de manera ilegal? ¿Qué se hacía con esa información? ¿Qué conspiración se estaba tejiendo y quiénes estaban detrás de ella?Un estado de derecho serio debería ser capaz de resolver estos y otros más interrogantes que surgen al revelarse lo que Sepúlveda estaba fraguando. Sin embargo, me temo que eso no pasará, porque a nadie le conviene saber la verdad. Todos están tapados con la misma cobija, porque así ha sido nuestro sistema por décadas: podrido, amangualado, ventajoso.Pero más allá, lo lamentable es la comprobación de cómo la política colombiana es una verdadera cloaca con la que muchos de los que se dicen líderes de este país comulgan sin que se les arrugue una línea de su rostro.Y lo más patético son esos miles de colombianos que ‘gritan’ en las redes sociales estar dispuesto a dar su vida por estos falsos ídolos, que llenan de improperios a quienes no están de acuerdo con ellos y que con sus actitudes nos están conduciendo a una polarización solo comparable con lo que ocurría en Colombia en los años 40 y 50.

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