La salsa perdió el control

Febrero 10, 2017 - 10:54 a.m. Por: Gerardo Quintero

Aunque no lo crean, Pablo no era Lebrón. Es verdad, el negro imponente, el de la voz de sonero eterno se llamaba Pablo López. Así fue hasta cuando adoptó el apellido del padre de sus medio hermanos y lo transformó en leyenda. Nacido en Augadilla, Puerto Rico, Pablo convirtió en una certeza aquello de que ‘sin negro no hay guaguancó’.Junto a sus hermanos emigró a Estados Unidos y se instaló en Brooklyn, uno de los sectores negros de Nueva York, donde la influencia musical del Rythm & Blues afroamericano lo permeó lentamente. Ángel y Pablo comenzaron a incursionar en la música de forma independiente, pero a mediados de los años 70 se unieron para crear Ángel Lebrón y su Combo, que tocaba con gran éxito en clubes de Brooklyn. Lo paradójico era que su público no era propiamente puertorriqueño o salsero, sus seguidores eran los negros neoyorquinos que vibraban con las ‘descargas fusion’ que interpretaban Los Brothers. Fue en julio de 1970, en pleno verano neoyorquino y cuando las calles del Bronx latino, Manhattan y Harlem hervían con un nuevo sonido llamado salsa, que Pablo, Ángel y José Manuel lanzaron ‘Salsa y control’. Un éxito total. No se entendía en un principio, pero se asumió como un sonido original, el sonido Lebrón. Un golpe y un sello que sólo ellos supieron interpretar. Ese coro, a seis voces, que nació con los hermanos de Brooklyn. Pablo se fue convirtiendo en la voz líder, el artista que personificaba a la, prácticamente, única orquesta de sólo negros que interpretaba salsa dura. Para el escritor Umberto Valverde, “los Lebrón representaban en la salsa el golpe verdadero y lo que se llamaría salsa negra de Nueva York, con mucho de funky y muy enraizada con lo tradicional”.Poco a poco, Pablo fue construyendo un mito musical y sus interpretaciones se volvieron íconos de la rumba popular. ‘Salsa y control’ fue apenas el comienzo. La voz de ese sonero nos enseñó a subir ‘La temperatura’. Que ‘Sin negro no hay guaguancó’ y que en una rumba de fuste no podían faltar ‘Piénsalo bien’, ‘Apágame el fuego’ y ‘Agonía’. Pero fue en 1981, con su longplay ‘Criollo’, que Pablo se volvió un ídolo para los caleños. ‘Por cada risa hay diez lágrimas’ sacudió la loma de Siloé y bajó como una ráfaga musical por los grilles de la Calle Quinta. Los parceros la cantaban en los cementerios para despedir a los amigos caídos; en Saturday, enseguida a los Cinemas, los ‘pelaos’ de Sucre y San Judas daban una pausa a su guerra rumbera cuando Pablito ‘encordiaba’. Su entrada a las grandes ligas de la ciudad no podía provenir de otra parte sino de la capital negra del Pacífico. Al puerto de Buenaventura llegó la carga musical de timbales, bongóes y campanas que hicieron famosa a la banda. Ya para esa época, Los Lebron Brothers habían recibido uno de los golpes más duros en la historia de la orquesta: Pablo sufrió un ataque cardiaco que afectó profundamente su actividad física. Nunca más pudo ser el mismo gigante de la tarima.‘Diez lágrimas’ fue el disco más aclamado en Cali, aunque Pablo confesara que él prefería ‘Al impulso’. Y no fueron diez lágrimas las que derramamos cuando lo vimos por segunda vez en Cali (la primera había sido en 1978), en diciembre del 2006, en el Jorge Isaacs. Ese jueves, en un concierto memorable, Pablo llegó en andas hasta el escenario en su silla de ruedas, ayudado por su hermano Ángel. El maestro lloraba mientras entonaba los acordes de una canción que estremece el alma: “Al despertar, todos los días, tengo un dolor en mi corazón, porque en la vida cuando hay una alegría por cada risa hay diez lágrimas”. Sí, el viejo roble oscuro ese día se doblegó, pero no se cayó. Mientras el público colapsaba en llanto y el teatro era un solo aplauso, Pablito sacaba su voz gastada y aunque no alcanzara el tono, los caleños no dejaron de batir las palmas. Sí, Pablito, hoy me dicen no llores, pero yo tengo que llorar, el dolor no me hace falta. Tu partida, qué pena, qué pena me da. La vida, como lo advertiste, es una tragedia.

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