El rugido del Planeta

El rugido del Planeta

Septiembre 20, 2017 - 11:45 p.m. Por: Gerardo Quintero

Juan Villoro asegura que los mexicanos tienen un sismógrafo en el alma y que si una lámpara se mueve, la primera reacción es buscar refugio en el quicio de una puerta. Quiso ese destino que justamente el sismógrafo volviera a estremecer a los hermanos aztecas exactamente 32 años después del pavoroso terremoto de 1985 que acabó con la vida de más de diez mil personas, aunque algunos incluso aseguran que fueron 45 mil.

Ruge el Planeta de sur a norte, el cielo se cae a pedazos, arden los bosques, se extinguen especies. Un largo recorrido que describe de manera estupenda el escritor hebrero Yuval Noah Harari en su libro ‘De Animales a Dioses. Una breve historia de la humanidad’ y que muestra una extraña propensión del Homo Sapiens, desde su aparición hace 200.000 años, al aniquilamiento de aquello que lo rodea. Primero de sus hermanos, los otras especies humanas que existían, hasta luego convertirse en el gran ‘serial killer’ del Planeta al arrasar con muchos de los animales que le competían.

Si bien los últimos 500 años han sido fantásticos en términos de creación, la revolución científica e industrial han conducido al hombre a un nuevo poder sin límites, en el que agrede a su propio hábitat, donde se obsesiona por las cifras macroeconómicas y todo se mide en términos monetarios, de productividad o de la nueva civilización, que consiste en construir la torre más alta, el edificio más ‘inteligente’ o el motor más poderoso, símbolos de estatus del nuevo hombre. “Homo sapiens se ha acostumbrado tanto a ser la única especie humana que es difícil para nosotros concebir ninguna otra posibilidad. Nuestra carencia de hermanos y hermanas hace que nos resulte más fácil imaginar que somos el epítome de la creación, y que una enorme brecha nos separa del reino animal. Cuando Charles Darwin indicó que Homo sapiens era solo una especie animal, sus coetáneos se sintieron ofendidos. Incluso en la actualidad muchas personas rehúsan creerlo. Si los neandertales hubieran sobrevivido, ¿nos imaginaríamos todavía que somos una criatura diferente? Quizás esta sea exactamente la razón por la que nuestros antepasados eliminaron a los neandertales. Eran demasiado familiares para ignorarlos, pero demasiado diferentes para tolerarlos”. Quizás en esto que dice Harari esté la clave.

La Tierra comienza a pasar factura de los excesos. Tres huracanes que se forman al tiempo y arrasan, una y otra vez, las islas de Caribe. Una costa de Estados Unidos que se prepara para la tormenta perfecta, mientras su obtuso Presidente se niega a aceptar lo evidente, que el cambio climático nos está golpeando como nunca antes en la historia de la humanidad.

“Un planeta que durante milenios ha sido el escenario más propicio para la vida, para nuestra forma de vida, podría transfigurarse ante nuestros ojos en una morada inhóspita, de sol calcinante, de aire tóxico, de agua impotable, de pieles irritadas, de complicaciones respiratorias, donde los tejidos enloquezcan, los sentidos se alteren y los gérmenes escapen a todo control”. Este panorama apocalíptico que describe William Ospina en su ensayo ‘Parar en seco’ pareciera estar ocurriendo ahora. Ya no se trata de terribles visiones imaginadas por directores de Hollywood, ávidos de captar cinéfilos incautos. La realidad nos sacude y muchos continúan empecinados en esquilmar hasta la última gota de unos recursos naturales que se desvanecen sin remedio. Enceguecidos en su soberbia y ambición por extraer oro y esmeraldas a toda costa, sin que importe arruinar los ríos y los bosques. Como si el oro se bebiera y las piedras verdes saciaran el hambre.

Más recientemente un hombre sabio que pasó por aquí dijo unas palabras que ya se olvidaron, como todo en la memoria de ese sapiens que en su egoísmo solo guarda lo que le conviene: “Dios perdona siempre, el hombre a veces, pero la naturaleza nunca”.

Sigue en Twitter @Gerardoquinte

VER COMENTARIOS
Columnistas