El Día del Arquero

El Día del Arquero

Diciembre 06, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gerardo Quintero

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”, disparó seco, al ángulo de la fibra del aficionado, el filósofo y escritor francés Albert Camus. Un poco más tarde, el escritor checo Milán Kundera cabeceó una frase singular: “Creo que el fútbol es un pensamiento que se juega, y más con la cabeza que con los pies”. De taquito, la novelista francesa Françoise Sagan fue más allá y anotó una frase que es un gol al espíritu: “El fútbol me recuerda viejos e intensos amores, porque en ningún otro lugar como en el estadio se puede querer u odiar tanto a alguien”.El deceso del arquero vallecaucano Miguel Calero encierra un poco de cada frase de estos intelectuales. Sin ganar ninguna batalla militar, Calero pasó al Olimpo de los héroes. No sólo por su brillante paso en los equipos de fútbol que militó, por su exuberante técnica para defender su arco, por el atrevimiento que demostró en cada una de sus atrapadas, sino también por ser buena persona. Y eso último es lo que más recuerdan quienes compartieron con él, los niños de la escuela de fútbol de Ginebra que él apadrinó, sus compañeros de la Escuela Carlos Sarmiento Lora, sus aficionados en México y Colombia.Calero fue ídolo en el puesto más ingrato del fútbol. El único lugar del fútbol donde el jugador no se puede equivocar. ‘El Show’ fue grande en el lugar más solitario de un futbolista, en el espacio donde un jugador apaga la ilusión del momento más apasionante del fútbol, el gol. Calero fue héroe deportivo apagando gritos ajenos, cercenando sueños de otros, ahogando la esperanza de sus rivales. El arquero vallecaucano fue leyenda, porque también hizo goles y no de penal, sino en juego. Abandonó su nido, transmutó las leyes del fútbol y desafió a quien fue por tantas veces su verdugo, el balón. Transformado en cóndor, desplegó sus alas y se alzó a cabecear balones que terminaron en goles para los equipos que defendió. Calero se fue como los grandes, voló en las alturas de los grandes porteros de la historia del fútbol nacional y continental. Dejó como legado ser un gran profesional del deporte, serio, respetuoso, demostró que se puede ser buen futbolista y famoso sin hacer disparos al aire y sin conducir borracho. Como alguna vez tituló un libro el periodista argentino Juan Sasturain, intímo amigo del inolvidable Roberto Fontanarrosa, el martes fue El Día del Arquero.

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