Asolados por la violencia

Noviembre 14, 2013 - 12:00 a.m. Por: Gerardo Quintero

¿Qué diferencia la violencia que ocurre en Buenaventura con la que se está presentando en Cali? La ‘buenaventurización’ de la capital del Valle es un hecho. Esta realidad es innegable, pero parece que los únicos que no se dan cuenta son las propias autoridades locales. Los 23 muertos del fin de semana pasado evidencian una sociedad descompuesta, temerosa, angustiada que no encuentra salidas a una violencia que la carcome día por día.Así como ha llegado gente trabajadora y honesta, desde el Puerto también han emigrado delincuentes que encontraron en invasiones similares a las de Buenaventura el camino para diversificar su negocio del crimen. Aquí estos delincuentes despiadados han repetido sus esquemas de violencia, extorsionando, desapareciendo y desmembrando a quienes se les oponen. Nadie pareció entender que cuando Buenaventura estornuda, Cali se resfría.Las acciones de Urabeños, Buenaventureños, La 39, La 40, por nombrar algunas de estas bandas criminales que tienen sitiada a la capital del Valle son cada vez más intrépidas. La situación de orden público en la ciudad amerita acciones de choque, en la que intervenga directamente el Gobierno Nacional. De acuerdo con las cifras de las mismas autoridades, Cali es la capital más violenta de Colombia y creemos, de manera ilusa, que a pesar de eso se puede construir una ciudad pujante, desarrollada, líder en América Latina. No, señores, qué equivocación. Ninguna administración local ha podido romper estas vergonzosas estadísticas de homicidios. Si durante un mes disminuyen los crímenes salen a ‘cacarearlo’, como si obedeciera a una verdadera política pública de seguridad, cuando la mayoría de los ciudadanos sabe que esa tendencia puntual se debe a un acuerdo entre las mismas bandas.La incapacidad de las autoridades es evidente, no saben qué hacer, no encuentran la vuelta de tuerca, porque simplemente no hay una política pública de seguridad que supere la ‘inteligencia’ de cada administración que llega a gobernar. En Cali hay barrios e invasiones donde estas bandas son la ley, así la Policía diga lo contrario. Lo peor es la reproducción de esa violencia, a pequeña escala, en todos los sectores. Los crímenes por intolerancia ocupan los primeros lugares en la ciudad, los traquetos volvieron a apoderarse de las calles, su presencia en los bares de centros comerciales y zonas rosa son una muestra de que la mafia regresó con su intimidación a hacer de las suyas. Lo peor es que a corto plazo no se vislumbra ninguna salida. Es hora de que la ciudad entienda que su viabilidad como sociedad dependerá de cómo logre corregir su rumbo en materia de seguridad.

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