Acorralados

Marzo 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Gerardo Quintero

El reporte de 25 asesinatos el pasado puente festivo en Cali nos devolvió a la realidad de una ciudad insegura. Una capital en la que la violencia tiene múltiples expresiones y en la que las autoridades no han podido diseñar una estrategia duradera que genere resultados concretos en el tiempo. Las campanas al vuelo que se soltaron el mes pasado porque los homicidios supuestamente habían bajado el 20% sonaron precipitados. Con una serie de reuniones los lunes entre las autoridades y un toque de queda para menores era imposible pretender disminuir los índices de homicidios.La ciudad parece envuelta en una telaraña de violencias que no cede. Su principal motor sigue siendo, sin duda, el narcotráfico. Nuevamente, en discotecas, centros comerciales y restaurantes han reaparecido los traquetos ostentosos, los carros lujosos. Y, también, otra vez, vuelven (o más bien siguen) las oficinas de sicarios, los atentados con armas largas, el microtráfico de alucinógenos que se ha apoderado de parques y esquinas.A la par, esa cultura traqueta que sigue vigente en la capital del Valle se evidencia en la resolución de conflictos a bala, en ese 70% de muertes, que según la Policía, ocurrieron por actos de intolerancia el año pasado.En Cali asesinan a dos menores de edad el pasado martes, a la salida del colegio, y no pasa nada. ‘Algo debían’, nos justificamos interiormente, mientras la Policía aclara que esos hechos no ocurrieron dentro de las instituciones educativas, como si eso hiciera alguna diferencia. Estamos ante una sociedad enferma, acostumbrada a la violencia, donde la cultura del dinero fácil permeó todas sus estructuras.Una ciudad que el año pasado registró 1.845 homicidios está enferma y lo más paradójico es que nos asombramos con los datos de muertes violentas en Tijuana, México, que son menores a los nuestros. Lo peor es que la espiral de violencia en la ciudad no disminuye y estamos a merced de las bandas criminales. Cuando ellos ‘quieren’ rebajan los homicidios y cuando se ‘calientan’ Cali se vuelve invivible. Aquí no se trazan políticas municipales de seguridad y estamos al vaivén de los caprichos de las administraciones municipales de turno. Y, al final, todo pareciera reducirse al ensayo y error. ‘Ensayemos toque de queda para menores en Aguablanca’. ‘Ensayemos plan desarme un fin de semana’. Ahora el Defensor del Pueblo propone un plan desarme total en la ciudad, como si se pudiera, empezando por allí. Lo que de verdad se requiere es una verdadera estrategia que involucre a la Policía, a la Alcaldía, pero también a los jueces y fiscales, las casas de justicia, los colegios, las familias, porque la violencia nos está acorralando.

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